Despedida y cierre

24 de Junio de 2008

Bueno, pues ha costado. Ha costado un huevo. Pese a no mantener la bitácora, pese a haber entrado en la lista de lugares peligrosos para tu equipo, pese a no haber escrito un post desde el año pasado, ha costado y está costando hacer despedida y cierre. Son muchos años.

Hoy he hecho limpieza, he borrado lo que no debía estar, he instalado la última versión de wordpress y he dado por terminada mi estancia aquí. No ha sido fácil, pero hay muy pocas cosas que lo sean. Muchas menos que lo sean y que duren. Bah, no sé ni lo que digo.

Muy pocos de aquellos primeros seguiréis por aquí. No lo he puesto fácil. Sólo sé que hoy hago de hecho lo que lleva hecho mucho tiempo: cerrar el museo de metralla. Ya no tiene sentido. Si es que lo tuvo alguna vez (tonterías, sí que lo tuvo, mantenerme cuerdo).

Es una despedida, pero todo sigue (o seguirá) en perdiendo.org.

locura

18 de Diciembre de 2007

locura

Tengo los pies cansados. Creo que de caminar. Estuve llorando por las esquinas porque sin darme cuenta hace casi medio año de, pero después me di cuenta de que no tenía sentido. Mari Loli cantaba en el garito una canción que no recuerdo. Nunca soñé con acercarme a ella, pero después de hacerlo me di cuenta de que no era tan complicado, de que no tenía tanta dificultad. Ella echa de menos el momento en el que se acercó a su madre, con los dedos ensangrentados de su primera menstruación, y le dijo: “mamá, me estoy muriendo”.

Ya no es tan simpática, ya no tiene tanto efecto en los demás. No pasaría lo mismo si hiciera lo mismo ahora.

Está tomando una cerveza al final de la barra. No es tan complicado acercarse.

Ni tan interesante.

me versionea hare

6 de Noviembre de 2007

|descargar archivo|(capado porque el archivo no es mio)

Y lo hace a eones de mí mismo. Sic. No tiene respeto.

Gracias, hare. Gracias, tío.

la vida es

16 de Octubre de 2007

lucero-when you decided to leave

11 de Octubre de 2007

seguir siendo

11 de Octubre de 2007

“Tales palabras son un modo de ser de todas las palabras, que no se identifica con su impotencia para decir de una vez sino, por un lado, para quedar reducidas a un decir que en modo alguno sea y, por otro, para limitarse a ser sin decir. Pero, en especial, por su potencia de no llegar a ser nunca del todo, su potencia de no poder tan sólo ser, su capacidad de ser como sin ser, que es lo que les permite decir que no son, sin más, lo que dicen y que precisamente eso es lo que dicen.”
Angel Gabilondo, Menos que palabras.

“Un ronroneo sordo viene de mi regazo, pero no de mi interior.
Úrsula espira y luego vuelve a roncar. Su mano se vuelve flácida en torno a mi polla. Se arrastra sobre mí. Su pelo me cae sobre las piernas. Su oreja suave y cálida se me hunde en el vientre.
A través de la espalda de mi camisa me pica el heno.
Los pollos arañan el polvo y el heno. Las arañas dan vueltas.”
Chuck Palahniuk, Asfixia.

Estábamos allí, en el bar, mientras todo sucedía alrededor. Cada uno por sus motivos. Cada cual por sus chines, por sus problemas, por sus basuras, por sus intentos de no perderse en todo este camino. Estamos muertos, pero eso es cierto para todos aun antes de nacer. Mientras tanto, matamos el tiempo como podemos.

A mí me llamaban de los curros y yo sabía que tendría que irme pronto a otra parte. Sabía que no podía compartir el no hacer nada. No me siento mejor por ello, sino todo lo contrario. Yo me hubiera quedado allí chuzándome hasta volver a ser cuadrúpedo, involucionando no conscientemente pero sí voluntariamente. Yo hubiera muerto por tu risa, pero tú has muerto. Ahora me queda todo lo demás. Todo esto, amigo mio, sigue sucediendo aunque yo no entienda muy bien cómo.

En el fondo de todo, me dije antes de irme, está la necesidad de seguir siendo. No es fácil concretar, pero está la necesidad. Está la obligatoriedad, que es peor. Cuando dudas lo jodes. Cuando piensas dudas.

A través de la espalda de mi camisa me pica el heno.

Ese es mi contacto con la realidad. Las palabras existen porque configuran. Pero a mí, realmente, me da igual que existan.

A mí me sirven porque sugieren, es más lo que explican que lo que dicen. Pintan mucho mejor que hablan. Parece pretencioso, pero no lo es: yo en la cabeza tengo cuadros, no argumentos. Yo en la cabeza tengo imágenes.

(Palabras que reconocen no ser nada, reconocen ser cualquier cosa).

Reconocen sugerir, niegan definir.

Sigo siendo. Es extraño, pero siento el picor del heno en la espalda.

mensajes sencillos en envases crípticos

9 de Octubre de 2007

Salía con mis hermanas de recoger a mi madre de esa Chechenia cercana que son los “Box” de La Paz. Mi madre tiene arritmias. Viejas enseñando sus senos contra su voluntad, abandonadas de sí mismas porque ni siquiera se dan cuenta, y porque sé seguro que si lo hicieran se recogerían o se morirían de vergüenza. La típica imagen que rompe el encanto falso que sólo conseguimos a base de estratagemas como depilar y tapar axilas peludas, torsos peludos. Pensaba viendo hoy la tele que en los setenta esto era menos evidente, había mucho más pelo. Una sociedad que desconfía de su parte terrena termina indefectiblemente perdiéndose en las nubes de su propia cultura, desterrada. Trocar parte animal por parte civilizada (agros), roturar la tierra para hacerla más humana, más conocida, menos temida. Una realidad verdadera sobre otra verdadera que ocultamos, en base no sé a qué temores. Esos temores son los que más tienen que decir en una cultura. Sobre todo en una como esta.

Salía de La Paz, digo, acojonado. Y no se puede decir de otro modo. Hemos substituido tanto por tantas otras cosas que cuando los otros pierden las fuerzas para ocultar nada, como en los “Box”, yo me quedo mirando sobrepasado, transido de ruptura, roto por estar atravesado por lo que olvido y se me muestra directamente. La gente no sólo se muere, sino que huele, enferma, agoniza, se estropea con olores y ruidos que preferimos olvidar o hemos aprendido a olvidar.

Salía pensando en mi maldita suerte últimamente. Habíamos estado cenando en un McDonald’s mientras esperábamos unos resultados para que le dieran el alta. Noche fresca, sentados, hablando mis hermanas y yo. Las relaciones. Yo creo que podía mascar el temor en los tres. Hace nada pasó lo de mi padre. Era demasiado pronto, supongo. Demasiado pronto para más sustos. En eso estábamos de acuerdo. María desde un lugar racional, Carol desde su mirada tersa y ambigua (nunca sé exactamente dónde está, nunca lo sé de nadie, pero ella es opaca casi todo el tiempo), yo desde mi mirada tontorrona y embotada. Al final el único punto de encuentro seguro es siempre el cariño (no me vale el miedo, el miedo siempre es por algo y quedarse en él es hacer la mitad del camino), ese punto en el infinito donde se juntan las rectas paralelas en un sólo trazo.

Acabé un trabajo para una cadena de almacenes de bricolaje y desde entonces les estoy buscando para cobrar. No desentona con mi suerte.

Yo… no me llevo demasiado bien con mi madre. Por ciertos motivos relacionados con la separación ficticia de mi padre y… bah, por toda una trayectoria de muchos años juntos ella y yo. No sé si debemos llevar las cosas como adultos, porque no entiendo en toda su extensión lo que es eso, pero creo que debemos intentar joder lo mínimo, cuando se pueda. El caso es que al lado de la cama de mi madre había un cadáver viviente arrugado sobre sí mismo, una uva pasa que debió ser una mujer en otro momento. No ahora. A su lado había un hombre de unos cincuenta años, con el cuello de la camisa negro de sudor, acariciándole la frente y diciendo.: “mamá, qué susto me has dado”. Estaba sólo. No me fijé en si llevaba anillo de casado o no porque en ese momento era lo último que quería ver, no el anillo, sino al hombre queriendo a su madre. Llevaba el traje arrugado y una corbata roja, y acariciaba la uva pasa como si en ello le fuera la vida. El caso es que el tipo estaba sólo, y el tipo quería a su madre. Y cuando tienes a tu madre tumbada al lado es imposible no volverse sentimental y olvidarlo todo. Pero no olvidé.

Seguía pensando en la suerte cuando nos montamos en el taxi. Me senté delante, mis hermanas y mi madre detrás. Bufé, pensando en mi suerte, y el taxista empezó a hablarme. Me dijo que conocía a la clienta anterior, que hace unos cinco años se montó en el taxi con unas bolsas de El Corte Inglés con ropa y le dio una dirección. El taxista pensó que a la tipa le habían pegado una buena tunda y volvía con sus padres. Cuando llegaron a su destino y fue a pagar, ella estaba tan nerviosa que se le cayó el contenido de la cartera. Recogió todo menos un Búho de la suerte, de estos pequeños de madera pintada. Ella dijo: “Menuda mierda, ¡menuda suerte me has dado!”, pagó y se fue. El taxista recogió el Búho y lo pegó en la parte de arriba del taxímetro.

“Y ese mismo año”, me dijo, “me compré este coche, aunque pensaba aguantar más el anterior. Pero mi hijo me convenció para ir a mirar unos coches y… ya ves, desde entonces ando con este. Después apareció este otro búho, el cabezón, que tiene cara de malo pero es sólo su cara. Terminé de pagar la licencia y con lo que me ahorraba todos los meses reformé mi casa, así que me encontré en el mismo año con coche y casa nuevos y licencia pagada. Y, desde entonces, la verdad, no me ha ido mal”.

Después me lo repitió todo otra vez, en la conversación circular del que ha empezado a hablar, de repente no tiene más que decir y no sabe afrontar el silencio.

Resulta que la tipa iba ahora a La Paz porque habían acuchillado a su hijo, y le gritaba al hombre que iba con ella en el taxi: “llegamos tarde por tu culpa, no te ostio porque eres demasiado viejo”.

Su suerte no había cambiado, con o sin búho. Yo prefiero pensar que la suerte cambia, sea con lo que sea.

Si es que hay destino tiene un gusto retorcido. El hombre con su madre, el taxista hablándome de la suerte. Un jodido gusto macabro. Prefiero mensajes por carta certificada o correo electrónico. No sé si tomar buena nota de todo o brindar a tu salud.

perdió por la mano

7 de Septiembre de 2007

Seguro que -espero que- es la última vez que hablo de esto. No lo sé. Siempre estuvo perdiendo en todo, excepto en lo esencial. Se ha acabado el gas, he tirado el mechero, pero aún así todo sigue sucediendo, impasible, como si nada hubiera pasado. La cierta libertad que da un blog sin apenas visitas es que puedes rememorar lo que te dé la gana. Para eso lo hago, joder. Para eso lo pensé. Lo cierto es que aunque se acabó el gas, todo sigue sucediendo. Aunque tiré el mechero, todo sigue sucediendo.

Y no sé quién, ni por qué, pero el tema, colega, es que te ganaron por la mano.

Yo quería zanjar este tema con un “te daré un fuerte abrazo cuando te vuelva a ver, amigo”, pero parece que el cuerpo no quiere. No sirve de nada, pero el cuerpo quiere seguir mirando. Parece que a la cabeza le gusta repetir, como si el recuerdo pudiera repetir lo que no existe de tal modo que pudiera seguir existiendo siempre.

Si es por eso, amigo, quiero repetir para hacer que el recuerdo haga parecer que seguirás existiendo siempre. Te ganaron por la mano, no sé quién, no sé por qué. Pero te ganaron. Ahora me toca lo mío, repetir y repetir para que no dejes de existir, por muy ténue que sea el modo, nunca.

Repito: te daré un fuerte abrazo cuando te vuelva a ver, amigo.

todo sigue sucediendo

6 de Septiembre de 2007

Tenía aún encendido el mechero mientras tú pedías algo que yo todavía no entiendo. Al final se acabó el gas y volví a soñar contigo. Nunca he sabido muy bien qué estaba sucediendo. Ahora te miro, rescate imposible de un recuerdo ineluctable, y pienso contigo.

Pienso que todo sigue sus ritmos. Que se acabó el gas, que tiré el mechero. Pero, de algún modo, todo sigue sucediendo. Todo sigue sucediendo.

road movie

26 de Agosto de 2007

He jugado a no derramar lagrimas nuevas.
Tenía que supurar las que siempre estuvieron ahí.

(Bah, frases hechas y más que hechas).

Cuando todo sucedió estaba lloviendo y
el cielo lloraba por ti (y por todos, más frases hechas).

Me estaba tomando un chupito de hierbas en una terraza bajo un tejadillo mientras diluviaba y una camarera gallega pesada no se apartaba para dejarnos hablar tranquilos y no sentía el efecto embriagador y disolvedor y demoledor y distante del alcohol no sentia el efecto el efecto indoloro del alcohol y tenías los ojos fijos en mí, desde alguna parte y yo sentía todo sin demoliciones sin efectos retardantes sin broncosupresores, todo sin disolventes todo directo desde alguna parte a mis neuronas golpeadas y vivas y enfermas y sanas. Me estabas mirando mientras tomaba el chupito y me preguntaba “cuándo parará de llover”.

Hay muchas cosas que me hubiera gustado decirte, cosas de esas que sólo se dicen la última vez. Pero esas cosas sólo se dicen la última vez porque sólo tienen sentido la última vez. No valen para nada antes. No tienen sentido alguno antes.

No entonces. No sabía. Como en una road movie te buscamos en los sitios donde anduviste porque ya no andas. Eso es cierto. Es una frase hecha pero es cierto. Y cada cosa que me contaban me decía que anduviste caminos que yo jamás recorrí, eso es más que cierto. Me gustó saber de todo.

Me gustó conocerte. Andábamos
como el perro y el gato
buscando un punto de encuentro.

Creo pensar que lo encontramos en alguna parte.