las dos caras

22 de Junio de 2009

kitsch
El kitsch, para mí, es esa caricatura que te hace percibir lo ridículo en lo serio.

Hoy he estado en casa de mi hermana Carolina, en Oporto. Me he perdido al ir con mi another hermana, María. Un rato divertido en el que nos hemos reconciliado con la idea de que no somos profesionales en el arte de la orientación, pero nos vamos apañando y al final llegamos a los sitios, que es lo que importa y lo que al final se pide en estos casos. Sobre todo si las personas que van en el coche piensan igual. Sobre todo si no hay un cagaprisas detrás, en el asiento de atrás, un verdadero profesional de la orientación. He estado todo el fin de semana a vueltas con zilgu, que a fecha de hoy sigue siendo un proyecto pero poco a poco avanza porque vamos supliendo la falta de tiempo con ganas.

Las casas viejas… lo son. Sabes que por mucho que limpies va a seguir teniendo ese aire de pequeño desastre, de algo roto, algo de maniquí desvencijado en el escaparate de una tienda que lleva abierta más de treinta años. Algo macabro junto a una cierta idea de vida… en las fronteras es donde existe la vida, estoy convencido, en los límites donde dos extremos se juntan. Una casa hecha para vivir hace mucho tiempo readaptada para ser lo que es vivir hoy. Ni que decir que me ha encantado. Mucho. Hare decía que yo voy haciendo fotos a litros vacíos en contenedores, y ese es el quid. La quiddidad misma. Es una casa que rehuye la organización perfecta y sobrevive a base de retales de cosas que se van añadiendo unas sobre otras… un remiendo.

La vida está en los remiendos, porque la vida o es creativa o no es nada. En ese punto no cedo: la vida o es creativa o no es vida. La pasta no importa. Nunca lo ha hecho. Los curros tampoco. La perfección es una estupidez que nos cuentan en invierno para que no tengamos demasiado frío. Hay dos caras en la realidad. La vida es creativa cuando es consciente de las mentiras, de otro modo es imposible.

Volvía con mi hermana María por la M40 y me ha dicho, en un punto, que delante teníamos chabolas y justo detrás de ellas edificios carísimos. Era de noche y no lo he visto, pero he recordado otros momentos en los que he pasado delante sin darme mucha cuenta, viéndolo con el rabillo del ojo. Ese es el quid del que intento hablar y no me sale demasiado bien. La realidad tiene grietas. El kitsch sólo es perceptible en las fracturas, en las fronteras, en los límites. Todo tiene kitsch, pero no siempre es visible a simple vista. El kitsch existe siempre, pero no siempre es fácil verlo. Halos le rodean para que no nos demos cuenta, ese es el juego. Lo ridículo de un mundo entero haciendo el payaso (por eso, cuando conectamos con alguien o con nosotros mismos, es tan fácil verlo y tan fácil superarlo: sabemos dónde situarlo y, con ello, dónde situarnos, cuando vemos una caricatura sucede más o menos lo mismo).

Tomarse las cosas menos en serio, desmitificarlo todo (la filosofía del martillo de Nietszche, desarbolada del runrún filosófico, no es más que eso, y eso es sólo por poner un ejemplo, al final todos los guenos hablan de lo mismo, cada cual desde su casa), para verlo en su mundanidad sincera y real, más allá de todo cuento. Cuando hemos tomado unas raciones en un bar de viejos (por definición, aunque sea una definición quizá ofensiva, un bar de los que ya no están en el mundo que hoy nos presentan), teníamos un espejo delante. Me he visto gordo. Muy gordo. Lucha interna entre saber que estoy bien y no verme bien. Anoto: me siento bien, pero hay que contribuir a hacer que me vea bien y… tener menos sueño y jadear menos con la bici, que a veces parece que he echado un polvo a medias y me he ido a terminar de gemir por los caminos sobre dos ruedas. Segunda anotación: el hacha de guerra tiene 18 años. Eso es insuperable. Extraña. Me hace sentir cerca de algo que está tremendamente lejos. Asusta.

Anotación final: echo de menos mucho a mi padre últimamente. No sé. Es algo que pasa. Algo que sucede. Algo que está sucediendo porque ando abriendo esclusas, supongo.

pidiéndome perdón

4 de Junio de 2009

preguntarse

24 de Mayo de 2009

La cara al otro lado del espejo.

Ya está la casa limpia. Han sido varios fines de semana. No exagero. Soy un vago limpiando, pero no ha sido sólo por eso lo exagerado del tiempo, llevaba años sin limpiar. En los rincones. Detrás de las cosas. Sobre las cosas. Tenía muchas cuentas que saldar.

Primero fue la novela. Era necesario escribirla. Limpiarse un poco. Desentumecerse en la escritura haciendo lo obvio: lo que sale sin pensar demasiado, sin necesidad de estructurar nada. Primero fue reventar. Soltarlo todo. No sé si es buena o es mala, y tampoco hace falta. Lo importante era escupirlo todo. Es como un escupitajo, saliva que se forma en el cerebro con la suma de acontecimientos.

Después limpiar, retomar el control de la casa. Hacerla mía. Detenerme en cada frente y humillar al contrario, que soy yo mismo. El yo mismo que no quiere tirar nada con la absurda sensación de que, si no desaparece nada, nada habrá cambiado realmente: todo seguirá en su mismo sitio. Ese tipo conformista y remolón que siempre lleva uno dentro. No especialmente vago, pero sí especialmente reticente. ¿A qué? Pues al cambio.

Ahora, excepto la cocina y el baño a fondo (eso es fácil, allí no hay asperezas que limar, sólo hay que limpiar), está todo.

La novela está escrita. La casa está limpia.

Ahora qué.

Hay noches en las que este cuarto es el único sitio en el que quiero estar. Y, sin embargo, subo aquí y me siento como una cáscara vacía.
El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco. Charles Bukowski.

Reconozco que la novela primero y la limpieza después me dieron sentido. Cada cual a su modo: la novela en exorcizar, la limpieza como actividad. Si uno permite que le asalten dudas existenciales mientras limpia trocitos pegados de mierda en el inodoro, mal asunto. Si uno permite que le asalten pensamientos negros mientras deshace una pelusa para que quepa por la boca de la aspiradora, mal tema. Si uno permite que le ronden ideas escabrosas mientras resopla montando una estantería de Ikea, el daño ya está hecho.

Lo curioso es el curioso efecto. Lo curioso es que he estado tres o cuatro fines de semana limpiando mi casita tralará-tralará-larita y en ningún momento he deseado verme en un garito rondando la noche y las piernas (no lo he deseado, otro punto diferente es si al final me vi o no). Era fácil hacerlo. Tenía la calle fuera y un teléfono dispuesto a llamar sobre la mesa. Lo sentía más claro con la novela: no quería salir porque estaba haciendo algo más importante. Más importante para mí, no presupongo grandeza alguna en ello.

Abro una cerveza, me lío un cigarro, y me pregunto: “bueno, ¿ahora qué, amigo?”. Es domingo. Las ventanas están abiertas porque fuera hace calor. Radio Clásica suena en el cacharro que me acabo de comprar para el ipod que Hare me prestó a fondo perdido. Clásica sólo porque es la que menos molesta. Hasta que molesta. De cuando en cuando una pieza no me deja hacer más que escucharla hasta que termina. Recien duchado. Bien. En estas tres líneas ha desaparecido el cigarro: me lio otro.

“Ahora qué, ¿de qué?” Me dice la cara al otro lado del espejo. Y tiene sentido. Para qué hacerse preguntas. Estoy con Lin Chi, siempre lo he estado, pero a veces se me olvida. Cuando no hay angustia, o agobio, o cualquiera de sus formas, hacerse una pregunta es hacer un problema. Ahora apetece fumar, tomarse una cerveza y esnucarse contra la cama. A ver qué nuevas curiosidades trae la mañana.