imprecisión

1.

El mundo es mundo desde que el mundo es mundo, eso no tiene mucha más explicación porque es hueco, se puede decir de casi todo. Como «eres la mejor persona que puedes ser». Eres la grandísima mierda más grande que puedas llegar a ser nunca, pero no dejes de intentar serlo aún más y mejor. El espejo es un elefante dormido que refleja mi imagen deformada entre ronquidos brutales, y ridiculiza mi cara con el cepillo de dientes metido en la boca mientras chorretes blancos y azules caen de las comisuras de mi boca a la barbilla. Intento no vomitar evocando el dolor de un espejo que lleva años y años retransmitiendo una realidad soporífera y adocenada, alegre, triste y enfermiza al mismo tiempo mientras todo va sucediendo sin que importe demasiado.

Podíamos haber intentado dejar todo eso de lado, conseguir una cama en alguna parte y mudarnos sin dudarlo, pero era demasiado complicado, mejor seguir vegetando en un mundo que es mundo desde que el mundo es mundo. Simpático.

Rob entra por la puerta como en una mala comedia excepto las risas de lata, un poco más tarde dirá su frase. Entra por la puerta sonriendo porque es su forma de hacer las cosas y se tira sobre la cama. «Eh, tío», dice, «tenemos todo el tiempo del mundo, pero no te quedes a vivir ahí, ¿eh?»

Todo el tiempo del mundo para qué, me pregunto. Para qué hoy.

Yo estoy gordo como un tobillo tumefacto y tengo silencios por todas partes, preocupado e indiferente a partes iguales en el pulsar de los días que transcurren sin preguntarse a dónde. Termino con el asunto de los dientes y pido un comodín de desayuno. Logro meterme dentro algo de café y media tostada con aceite mientras me ato las zapatillas y me siento pesado y plomizo sobre la silla.

«¿Habéis terminado?», le digo. «Claro, tienes que verlo». Por supuesto, tengo que hacerlo. Somos gente de palabra, ellos, yo y todos nosotros. Somos gente que cumple lo que promete y que jamás olvida prometer lo que cumple.

Buena gente.

Se me duerme el pié. Me pregunto para qué todo, como casi todo el tiempo. No es una pregunta que esconda nada detrás, no sueño con cuchillas, es simplemente una pregunta. Uno consigue, con el tiempo y con un esfuerzo brutal, no necesitar la respuesta a eso para mantenerse despierto y en movimiento. Termino el café y abro una cerveza. Le paso una a Roberto. Están frías, así que se me olvida el resto. Bah, ya estaba medio olvidado en todo caso.

«Nos ha costado un huevo, tío, pero ya está. Velas, alfombras, toda la parafernalia, va a ser bonito». Bien. No, bien no, pero bueno. No bien del todo, bastante bien. La cerveza sabe seca, como si hubieran olvidado remojar lo importante. La cerveza raspa mi garganta dolorida por los ronquidos y escarba hacia abajo camino al estómago. Demasiado esfuerzo para tan poco, en serio.

Salimos a la calle atravesando la puerta e intentando no dejar nada de nosotros en el portal. Llevo casi cinco años en esas cuatro paredes y no conozco a nadie, los vecinos son un asunto necesario pero disimulable. Seguramente haya buena gente ahí, en sus cuatro paredes, haciendo sus cosas. Bajando bragas y calzoncillos en el anonimato de la noche mientras las facturas de la luz reposan en el vacía-bolsillos de la entrada, justo al lado de las llaves que cercan el mundo fuera. Buena gente haciendo sus cosas sin levantar con ello demasiado ruido. Entrando, saliendo, comiendo, eructando, cagando, pasando el día en sus vidas. La mayor constancia que tengo de su existencia son los letreritos personalizados de las casillas de buzón y algún encuentro casual en la escalera. Hola, hola, la puerta no funciona, tira fuerte o no cierra, gracias, lo haré. Ese tipo genial de cosas.

Existe al menos una forma mucho más positiva de encarar todo esto, soy consciente del mismo modo que lo he sido siempre, pero uno termina cansándose de pelear constantemente a la contra. Hay metáforas sobresalientes sobre eso, puedes hablar de salmones y la corriente y los pequeños saltos de agua que hay que remontar para llegar arriba, desovar, eyacular y morir rápido antes de que seas consciente. Consciente de que todo ese jodido esfuerzo que te ha llevado finalmente ahí arriba ha sido justo la cosa que ha terminado matándote. Ese tipo de narrativas mentirosas te mantienen planchado, almidonado, sin fisuras y sonriente.

Eso ya pasó hace tiempo, creo que afortunadamente.

En la calle el calor te atraviesa, te da la vuelta, te mastica un rato sin ganas y después te escupe sin mucho esfuerzo, el calor cuando es bestial no puede evitar agotarse a sí mismo. Rob camina a mi lado como si la vida fuera una cosa maravillosa, y no niego que no sea un buen refuerzo. Está bien tenerle cerca en días como hoy. Tengo sed, una sed infinita que nace en el cerebro y se extiende por el cuerpo en forma de plaga.

El garito está tres calles más abajo, así que nos metemos dentro aspirando la totalidad del aire acondicionado y subiendo diez grados la temperatura ambiente. Me acerco a la barra y pido una cerveza y sonrío al dueño, que es un buen tipo. Me enseña los resultados finales del cartel y me jode un poco, deberían llevar puestos varios días por las calles si queremos que se entere alguien de que tocamos aquí hoy.

El tipo sonríe expectante, le digo que me molan. Me dice que podemos empezar a colocar los instrumentos y que a la una tenemos que haber terminado, por las comidas. Me la pela de un modo infinito, pero no con mala leche u odio o cualquier otra cosa parecida, sino con hastío de años. Años de días y días más o menos como este. De indicaciones parecidas en situaciones semejantes, paralelas, yo qué sé. Tengo más sed y el tipo se da cuenta y me saca otra cerveza. Me la llevo a los cuatro palés que harán hoy de escenario. Todavía no ha llegado nadie, pero saco la guitarra para que Rob pueda ecualizarme un poquito. Y toco.

Toco.

Madera y mierda en los dedos, cuerdas metálicas. Algo de barniz, cola, cosas así. Una guitarra no es nada del otro mundo, es muy de este. Remaches, maquinarias, mierdas de ese estilo. Pero cuando la aporreas, la rasgas, la golpeas y salta, el resultado es bien diferente. Nunca he terminado de comprender eso del todo. En mi caso particular es de las pocas cosas que consiguen desconectar el interruptor de mi cabeza que es el responsable de que todo ande bien jodido casi todo el tiempo, en este mundo que es mundo desde que el mundo es mundo y soy el mejor tipo que puedo llegar a ser.

2.

Hemos terminado comiendo allí. Rob, Fran el bajo y yo. Falta el tipo de la percusión, que siempre termina llegando como los cumpleaños, con regularidad matemática. No importa enervarse, impacientarse, gritar, saltar, intentar adelantarlo, el tipo al final llega cuando debe llegar. Hemos tomado océanos de vino con gaseosa porque los menús son así y tienen eso. Estamos un poco pedos y acompaño a Rob a fumarse un porro fuera, donde el calor nos recibe con los brazos abiertos y los dientes afilados y listos. Encontramos una sombra donde algún extremófilo puede que fuera capaz de desarrollarse un par de generaciones antes de extinguirse y Rob le da a las piedras.

Tengo ganas de gritar. Pero no por nada en concreto, tengo simplemente ganas de gritar de ganas de gritar. Me relajo viéndole meter el humo dentro y expelerlo fuera. Dentro, fuera. Dentro, fuera. Precioso. Sudo como un queso jodido. Conversamos sobre nada poniéndole mucho empeño. Algunos acordes que no terminan de encajar, dice él, algunos acordes que no encajan porque si lo hicieran todo sería demasiado confortable, le respondo. Siempre es la misma conversación al fin y al cabo. Que si comercial, que si no, que si el público, que si el público no importa una mierda. Cómo que el público no importa una mierda. Que no, que no importa una mierda en eso. No puedes pasar de la gente que te escucha, tío. Tienes razón, Rob, no puedo y no paso en absoluto. Lo que no puedo hacer es darles lo que piden, quiero darles lo que yo creo que es importante que reciban. Eres un mierda presuntuoso. Seh, lo soy. Puede ser, pero te juro que ellos sólo quieren venir aquí esta tarde y escuchar un poco más de lo mismo, que les dé la tranquilidad de que todo sigue milimétricamente en su sitio. Pero no hay nada en su jodido sitio. ¿Qué vas, a salvar el mundo ahora? Bah, no tengo ni una puta gana, tío. Ni una. Pero al menos no voy a ser yo quien les dé su ración de alpiste diaria. Si quieren confort, que enchufen la radio.

3.

Media hora antes de empezar llega el tipo de la percusión. Un tipo grande. No físicamente, pero sí grande de un modo que no conseguiría imitar ni en un millón de años en un curso intensivo. Un enorme muelle tenso, un resorte frenado a punto de soltarse cada segundo. Delgado, fibroso, activo, mortal de necesidad. Tipos como ese, mal enfocados, han conseguido todo lo que merece la pena de la humanidad para destrozarlo el minuto siguiente, y, siendo justo, también al revés. Me impresiona la cantidad de energía potencial que muestra en cada paso mientras se acerca al escenario. Dios, este tipo podría acabar con una gacela del Serengeti sin ni tan siquiera darse cuenta de lo que ha hecho. Un segundo y fin de la historia. Otro segundo y otra historia. Adiós y hola en rápida sucesión. Esa energía que les hace acechar todo el tiempo, examinando el mundo circundante en un acto reflejo que les hace extraer toda la información, procesarla y ser conscientes de cada posible movimiento. Una vez todo controlado, el flujo de energía detrás apoyando lo necesario sin vacilación. El poder del instinto en estado natural.

Abre una cerveza y mira alrededor, conozco esa cabeza y casi puedo leer sus pensamientos de forma más clara que él mismo, al fin y al cabo él está atrapado en la inmediatez y yo no. Se acerca, monta los cacharros, sonríe, se agacha para recoger una moneda que Rob acaba de perder y la atrapa antes de que llegue al suelo.

Impresionante.

«Eh, hola».

No esperaba esto.

Nah, no podía esperarlo.

Acabo de tirarme un tercio por el pecho, lo cual supongo que está bien como elemento de refuerzo inicial.

Supongo que, al menos, es sincero.

Hola, ¿qué tal? No tenía ni idea de que fueras a venir. Yo tampoco. Eso está bien. Seh. Churros apestando en el garito como si hubiera habido una invasión extraterrestre cañí. Tengo que seguir a lo mío. Comprendo, voy a por una cerveza.

Todo listo.

4.

Casi todo es mentira, eso es algo que no deberíamos perder de vista. Aún así, el hecho de que todo o casi todo lo sea no es algo que implique que todo sea una mierda: todo es una mierda por diferentes razones a la mentira. La mentira mueve la representación, el egoísmo mueve la mierda. El bicho humano cuenta cuentos desde que apareció el uso del lenguaje, y en esos cuentos utiliza la mentira para crear una narrativa que nos mantenga más o menos en pié en un universo realmente desolador. La mentira, desde ese punto de vista, no es más que una selección de lo que consideramos interesante en un momento dado para realzarlo permitiéndole cubrir la mierda que nos rodea. El mundo, desde que el mundo es mundo, es cruel e hijo de puta, y sólo busca que nos mantengamos alerta para evitar nuestra propia destrucción a manos del resto de usuarios del sistema.

La vida es boca, tubo, ano. Cualquier bicho que rastrees más allá de las plantas (y con matices) tiene esos tres elementos básicos: ingiero cosas, las proceso y excreto lo que no necesito. Comida, digestión, mierda. Boca, tubo, ano. El tubo se dilata en el estómago para retener los nutrientes mientras son minados. El resto es narrativa, porque lo que sucede es alimento en la boca, proceso en el estómago, mierda en las tripas.

Casi todo lo demás son aditamentos y son mentira, pero son en cierto modo necesarios en cuanto representación que transforma. Necesitamos que nos cuenten cuentos que transformen el sentido de nuestra vida. Necesitamos alguna idea del principio y el fin de lo que hacemos, como si lo que hacemos estuviera escrito en alguna parte y fuera necesario para algo. Comprendo el porqué, pero no termino de aprehender las ganas de seguir construyendo tanto andamio.

La música es mentira. Una mentira hermosa, hermosa selección de cosas que se destacan sobre el fondo de mierda que rodea lo que es. No siento lo que toco, o no tiene por qué, lo sentí cuando compuse la canción. El recuerdo trabaja duro sobre lo que fue para hacer algo digno de ello. El resto del tiempo represento que todo sigue siendo del mismo modo que entonces.

5.

—Ha estado bien.

—Soy consciente.

—Jodido cabrón.

—Bien jodido.

Terminamos de recoger y de meter todo en el coche. Yo no tengo muchas ganas, pero le pongo impulso porque no quiero tener tiempo disponible para responder preguntas. A la gente le ha gustado bastante, y suele ser así regularmente. No son idiotas, claro que no. Están idiotizados, que es una cosa bien diferente. Hacer cosas es lo más sencillo del mundo. Lo jodidamente difícil es no hacer nada de nada. Lo jodidamente complicado es mantenerse en el ámbito del pan, la luz, la carne y el pescado, recoger, ordenar, pasar la ITV como si no hubiera más mañana.

Tengo ganas de gritar, unas ganas enormes de gritar. De gritar nada, nada en concreto, sólo de berrear como un imbécil. De dar gritos, de joderme la garganta, de reventar entero como un tomate maduro. Plof.

Y ojo, no digo que nada sea superior a nada, sólo digo que me parece imposible detenerse ahí. Incluso de cuando en cuando admirable, cuando el cansancio es absoluto. Estar ahí. Detenido. Un rescate imposible del que fuimos y ya no podemos ser que nos mira con ojos activos sobre ojos cansados demasiado experimentados, aunque igualmente tontos. ¿Sabios? Nah. Agotados.

Los sabios ya no tienen cabida en este sitio, no es ya su tiempo, están desubicados.

6.

Y así fué. Así terminó siendo. Le habíamos dado duro a las cervezas, porque las cervezas son otra de las cosas que tienen el enorme poder de desenchufar mi consciencia. Ser consciente es, la mayor parte del tiempo, un puto engorro. Otra, y otra, y otra más como en aquel día en el que no podía levantarte del suelo porque yo mismo no podía tenerme en pié. Así terminó siendo. Y después de unas cuantas de más me sacaste fuera a que me diera el aire, y hacía una noche tremendamente noche, fresca, estrellada, farolada, y caminamos un rato dando tumbos hasta el parque que está fuera de la zona donde la gente vive y hace sus cosas, y y y encontramos un banco vacío y te sentaste y yo me recosté boca arriba con la cabeza en tu regazo y grité. Fuerte. Inmenso. Inútilmente.

Grité. No sé en qué estarías pensando tú, la verdad. No puedo saberlo. No sé cuánto tiempo estuve gritando, sinceramente, mientras tú me acariciabas el pelo y susurrabas palabras de consuelo. De consuelo de qué. De qué consuelo.

Pero ciertamente consolaba. O fue consolando.

Las palabras son inútiles, el consuelo no.

Qué sé yo.

La casa está bonita. Eso lo tengo claro. Buscaste las velas y las encendiste, en el pasillo, sobre un plato. Podía ir a vomitar sin encender ninguna luz.

La casa parece otra cosa, siempre que estés dentro. Tú u otra. No es poesía o algo por el estilo, nada más lejos del punto, las cosas con como son. Siempre que estés dentro parece que hace menos frío fuera. Parece que cuesta menos encontrar el sentido. Acordes disonantes. Recordatorios, piedras de toque. Mentiras hermosas, hermosísimas. Me diluyo en ti como forma estricta de disolución, no porque esta tú que tú eres sea algo en lo que merezca la pena disolverse.

Diluirse es la historia. Frío, sincero. Fuera de sí, fuera de mí.

Te levanté y saqué el par de litros que tenía en la nevera, un par de vasos limpios. Nos dedicamos a vaciar aquello en la mesa del salón, mirándonos a los ojos mientras fumábamos y la noche iba pasando dando tumbos y viajes al baño. Después te abracé y nos tumbamos en la cama, de costado, yo detrás de ti aferrando tu seno, con la nariz en tu oído.

Entonces dormimos.

Descansando.

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Viene de aquí. Asias, Ricardo, por el recordatorio.

alicia se preguntaba qué había al otro lado del espejo

Me enseñó a conducir un profesor de autoescuela que era como Ray Liotta con el pelo rapado y algo de sobrepeso. En realidad podía haber sido fisicamente como quisiera y se hubiera seguido pareciendo a Ray, porque tenía la misma mirada, esa que se mantiene independientemente del gesto que tenga tu cara y rezuma mala ostia, tensión y brutalidad, frialdad y decisión inmutable. Me miraba para decirme que había conducido muy bien durante la clase y yo no podía evitar pensar que acto seguido me iba a moler a golpes con un bate de beisbol, y a tirarme en cualquier cuneta vacía para después salir quemando ruedas mirando a los lados intentando localizar algún posible testigo. Un tipo asi no dejaría huellas, más que en el asfalto.

Supongo que no lo tuvo fácil, ese tipo de miradas siempre te traen problemas. El tipo tenía tatuajes en los nudillos que nunca tuve el valor de mirar lo bastante para saber qué decían, así que supongo que a él en algún momento tampoco le dio por ponérselo fácil a los demás. Me dijo su nombre pero no lo recuerdo, me esfuerzo y me esfuerzo y no puedo recordarlo. El caso es que el tipo tenía una paciencia infinita y algún problema de asma, porque siempre estaba tranquilo a mi lado respirando entre pitidos que le salían del fondo del pecho, no de la nariz ni de la garganta. Algo no funcionaba del todo bien ahí dentro. Como esa mirada me ponía tenso de cojones yo no dejaba de decir estupideces todo el tiempo, intentando ganármele, y él se carcajeaba entre pitos y falta de aire y se ponía rojo, lo que hacía que sus ojos brillaran más aún. Ni siquiera en esos momentos la fría determinación que irradiaba desaparecía, esas pupilas inexcrutables que lo mismo podían estar pensando en demolerte el hígado a puñetazos o en prepararse un sandwich con mostaza. No había forma de saberlo.

Y yo iba a mi clase mitad acojonado y mitad intrigado, porque supongo que a todos nos gusta ver el peligro de cerca cuando queremos pensar que no tiene nada que ver con nosotros, que no va a afectarnos. Nos atrae. A mí me atrae, al menos. Me montaba en el coche, saludaba, colocaba los espejos, arrancaba, quitaba el freno de mano, me ponía el cinturón y salía. Le preguntaba “¿por dónde?” y él respondía que ya me iría diciendo. A partir de la cuarta o la quinta clase pareció decidir que la cosa estaba bien y se limitaba a mirar por la ventanilla, con el codo apoyado en el tirador y la mano bajo la barbilla, y yo paseando a Ray por donde me apetecía en medio de una ciudad dormitorio en la que lo más interesante que podías observar era la forma en la que el agua intentaba pasar por el agujero de las alcantarillas. Esas semanas que pasé con él siempre llovía. Aprendí a conducir como un capitán de barco. Así que yo tenía un A3 nuevecito bajo mi culo y la posibilidad de ir a donde me diera la gana y aún así seguía intrigado por el tipo que tenía al lado. Eso era lo que me carcomía. Después de años queriendo conducir cuando por fin tuve la oportunidad me encontré con que me interesaba más otra cosa. No me dejó disfrutar ninguna maldita clase.

Una vez, en un semáforo, le pregunté cuanto tiempo llevaba como profesor de autoescuela. Giró la cabeza y me miró sonriendo unos cuantos segundos, para después volver a girarla hacia su ventanilla sin decir nada. Y sin decir nada lo que me dijo fue “me pagan lo suficiente como para estar aquí sentado contigo jugándome la vida si te da por reventarme contra algo, pero no lo suficiente como para nada más”. Me puso tan tenso que me tiré la siguiente media hora diciendo una estupidez tras otra, arrancándole pitos como palomitas crepitando en su pecho. Después de ese tiempo me miró otra vez con su media sonrisa y, quitándola, dijo “para”. Sus ojos decididos perfilaban la intensidad real del comentario. Y yo me aferré al volante como si fuera mi tabla de naúfrago en medio del mar y con toda una muerte invisible pero cierta debajo. El peligro no parece tan atractivo cuando te apunta. No lo parece en absoluto.

En el primer examen práctico suspendí porque una furgoneta me tapó un semáforo en rojo. O porque no lo vi. Vete tú a saber ahora lo que es cierto y lo que es reconstrucción alegórica salvaculos de ego. A mí me jodía, por un lado, haberle defraudado, no poder dejar de ir a las clases que me estaban costando una pasta por otro, y no querer dejar de ir a las clases que me estaban costando una puta pasta, por su culpa. Yo ya sabía todo lo que tenía que saber sobre conducir a esas alturas, todo lo que sabe cada uno que aprueba el examen, que es prácticamente nada. Pero de él sí que seguía sin saber nada en absoluto.

Fuí el único que suspendió de los cuatro que íbamos en el coche. El camino de vuelta fue una dura tontería porque los demás no querían celebrar demasiado el haber aprobado por si me jodía. A mí me jodían otras cosas. A mí me jodían ellos, como rumor de fondo detrás de lo que verdaderamente jodía, intentando ser correctos y educados. La vida se celebra celebrando la vida y no haciendo el tonto de los cojones, y yo ya sabía lo que necesitaba. Tarde o temprano el papel sería mío.

En la siguiente clase, al final, Ray se giró hacia mí cuando me despedí y me dijo “eres el único que merecía realmente haber aprobado ese examen, no te lo tomes muy a pecho”. Y me largué de aquel coche pensando que sin darme cuenta había conseguido atravesar algún tipo de coraza o de defensa, de haber roto algo que liberaba algo más. Pero cuando al día siguiente le pregunté si el coche era suyo o de la autoescuela, si era autónomo o asalariado, volvió la media sonrisa y el silencio seguido de ventanilla. Esa nada tan charlatana.

A la semana siguiente me volví a presentar y aprobé. Aprobamos todos, de hecho, incluso una tipa que era un desastre y tenía el record de convocatorias de la autoescuela. En el coche a la vuelta todo fue distinto.

Bajamos al llegar y nos despedimos. Ray me dio la mano con un apretón duro y me dijo “enhorabuena”. Ray con sus ojos como dos diamantes fríos y opacos en los que nunca fue posible adivinar nada. Le di las gracias y me piré al bar del barrio a perder la consciencia para celebrarlo. Había pedido el día libre en el curro y no pensaba permitir que nada me impidiera morir un poquito.

Intento recordar el nombre pero no lo consigo. Me esfuerzo y me esfuerzo y no puedo recordarlo.

una foto

Para la primera reunión y la primera foto, algo íntimo, solos los dos y un par de consoladores, vestuario diverso, algunos litros. Cuando le da la gana la vida se desliza y ronronea como una gata mimosa.

“¿Qué es lo que más deseo? Follarte a ti y a todas hasta quedarme sin aliento. ¿Para qué?, no tengo ni puta idea. Es más, lo desconozco tanto que tampoco tengo ni puta idea de qué hacer con ello, ni la tendría si realmente se hiciera hecho, o de qué hacer después o mientras tanto.”

Eso deambulaba en su cabeza mientras entró por la puerta.

Misma casa, mismo desorden, misma Ikea por todas partes, las mismas pintadas en las paredes, cerveza fresca, recién ahuecada, recogida de cebada limpia de campos eternos que nunca empiezan ni terminan y nunca tienen a un tipo diciendo “eh, que esto se ha acabado” dentro.

A las diez de la mañana de un domingo es difícil empezar con cervezas y no sentirse afectado. No sentir que el mundo tiene algo que es un regalo en el que han equivocado el destinatario, no sentir que es lo que es sin más, sin miedo a represalias.

No oler la trampa, no intentarlo al menos. No preguntarse dónde está la letra pequeña, el cepo que te va a condenar de una vez y para siempre a un resto de tu vida compuesto de miseria y mugre a partes iguales.

Así que entra por la puerta y ella está igualmente desnuda y sonriente, y sobre la mesa un par de vasos significativamente limpios en los que vierte ámbar con espuma a partes iguales porque no tiene ni idea de cómo hacerlo bien. Pero eso poco importa.

Él sonríe, alucina y sonríe, se despereza y sonríe, abre la boca y sonríe. La escucha hacer el plan de hoy para la primera foto y sonríe, mientras su cabeza está a millones de kilómetros de allí viendo la escena desde tan lejos que no tiene ningún sentido para él. Levanta el vaso y la cara y parece que sus ojos están mirando hacia delante, pero en realidad están invertidos hacia dentro, ahondando dentro. Escavando hacia dentro y preguntándose qué es todo esto al fin y al cabo. Viendo el encuentro desde millones de kilómetros a través de su cabeza, que no puede hacer más que ordenar a sus manos que acerquen y a su garganta que trague y a sus labios que sonrían y sonrían y no hagan nada más que sonreír a ver si el cervatillo se va a largar por una pisada sonora en la hierba a destiempo. Eso es lo que suelen hacer los cervatillos, sin duda.

Ella está maravillosamente compuesta de brazos y tetas y mejillas y un ombligo estupendo que es otra boca fagocitando hierro. Hay más bocas, y están todas presentes. No falta ninguna.

El hierro debe ser fagocitado siempre y en todo caso. Prioridad al hierro. Prioridad a las manos que lo tocan.

Él sigue como en un sueño cuando se levantan y van al dormitorio, y ella se viste y se desviste intentando encontrar lo que busca. El efecto deseado.

Su mente, desde una galaxia remota, le ha ordenado calibrar la cámara y él se esfuerza en concretar una apertura de diafragma y un tiempo de exposición que concuerde adecuadamente con la luz. El tema de quedar por la mañana era la luz natural. Es consciente. Su mente, desde otro universo paralelo en el que determinadas cosas no suceden gratuitamente, se esfuerza por cerrar los parámetros de una foto perfectamente iluminada. Así son las cosas. Ese es el esfuerzo. Periódicamente vuelve al salón a por más cerveza para intentar descentrar todo tanto que aparezca perfectamente centrado al otro lado del caos.

Donde se juntan las paralelas y el caos se convierte en un lugar ordenado en el que estar.

Donde toda la locura inimaginable se transforma en la materia de la realidad.

Al otro lado. El hierro no huele a nada. Son nuestras manos las que huelen a metálico después de entrar en contacto con él, y sólo porque decidimos por la experiencia que ese es un olor a metálico. Es una sustancia de nuestras manos la que se recompone de alguna forma en contacto con un metal y desprende ese olor.

Pero el hierro no huele a nada.

Aunque es imposible tocarlo sin acabar con las narices reventadas de olor. De olor a él.

Pero él no tiene nada que ver.

Acabar con el hierro es lo importante, cargárselo entero y llevar hasta el extremo al caos para que aparezca por el otro lado nacarado, divino e impoluto, convertido en un orden perfecto y con perfecto sentido. Lavado, salvado, exonerado.

Sólo cuando las cosas se agotan extenuadas pueden comenzar a ser otras. El límite no es más que un mercado, un punto de intercambio.

¿Es siquiera posible no dejar restos de uno mismo por todas partes? Se pregunta el tipo. ¿Es posible que me esté oliendo a mí mismo? Al fin y al cabo tiene los ojos volcados hacia dentro rompiendo el orden habitual, haciendo que sean estos los que filtren la información que le da el cerebro y no al revés.

Pero eso es por el asunto del hierro, en todo caso. Es por el maldito asunto del hierro y de no saber si hueles la barra o si no has sido capaz de dejar de olerte las malditas manos todo el maldito tiempo, impregnando la realidad de piel hasta no saber si has salido de tu cabeza en todo el proceso ni siquiera un solo, y significativo, momento.

Y ella le percibe raro y no hace más que preguntarle si hay algún problema, como si los problemas fueran algo capaz de situarse en un momento y un espacio concreto, como si los problemas no fueran algo atemporal que existe indistintamente de la vida o de las circunstancias que están sucediendo en una ubicación espacio-temporal dada.

Como si no fuera que los problemas constituyen los ejes de ordenadas y abscisas porque eso mismo es lo que son los ejes. Menuda novedad. El tiempo y el espacio no son más que una mierda irrelevante. Los problemas son los cajones donde la existencia de cada uno cobra sentido y se puede ordenar, como los calcetines limpios bien emparejados un domingo de colada. Cada uno en su sitio según su color y su grosor: estos para invierno, estos son más fresquitos y me van bien con los pantalones que me regalaste el otoño pasado.

Frente a eso el espacio y el tiempo no tienen maldita cosa que hacer.

Ella es feliz porque no puede ser otra cosa en este preciso momento, y por fin ha decidido qué traje se va a poner para la foto. Y el traje es unas medias que le llegan a mitad del muslo y un sujetador de encaje. Y con eso está más que suficientemente preparada para seguir adelante. Y le pregunta qué tal, y él, desde millones de kilómetros de distancia y casi completamente piel oliendo a hierro, le dice que está estupenda y casi le pide por favor, casi le ruega que hagan la foto de una vez, que la lancen y no se preocupen de más.

La luz se vuelve tenue tamizada por el grosor de las cortinas. Las partículas de luz rebotan aleatoriamente sobre la tela que cubre la ventana y la mayor parte de ellas vuelve fuera, al mundo exterior de donde vinieron. A contar otras historias en otra parte. Algunas ondas o algunas partículas consiguen pasar por los espacios atómicos vacíos de la tela y se vierten en la habitación, que no puede negar que está regada por la mañana. Un poquito más tarde la encuentran a ella, con las medias por encima de la rodilla, a mitad del muslo, con un sujetador de encaje, y la graban en retinas mientras introduce un consolador en la boca que necesariamente debe repudiar el hierro.

Debe hacerlo, porque el hierro no huele a más que nuestras manos después de pasar por él. Eso ya está dicho.

La luz que le llega a ella rebota por todas partes, poniendo el mundo de la habitación perdido de ella. Y sólo algunas ondas-partículas rebotan convenientemente y encuentran el objetivo de la cámara, donde son recogidas tiernamente para enervar el sensor el tiempo suficiente como para tomar una foto. El tiempo suficiente para permitir que el sensor reciba el estímulo necesario para tomar una fotografía de esa excepción en toda regla.

Entonces es cuando ella, realmente, sonríe.

Y pregunta “¿qué te pasa?”

Y el tipo no puede decir más que “esto no debería estar pasando, hay demasiadas cosas en contra y muy pocas facciones a favor”.

Ella concreta, porque tiene las cosas más fáciles, y responde “lo que está pasando de hecho lo está haciendo, no hay que darle más vueltas”.

Tan sencillo como eso.

Y se acercan al macbook y enchufan la cámara, y realmente contra todo pronóstico pueden ver la imagen, bañada de la luz de la mañana, en la que ella aparece con las medias y el sujetador y el consolador ocupando el espacio.

Ella se gira, feliz, y le abraza. Y él siente botones sobre su pecho.

Y se empalma.

Qué menos.

Nota como su alma quiere escaparse por su glande para hacer una vida en otra parte, para aprender una profesión, ver crecer a sus hijos y criar a sus nietos mientras todo lo que parece suceder sigue sucediendo: las estaciones, las cosechas, las limonadas en verano, los calcetines convenientemente colocados en los cajones.

Nota como su mente, transida de hierro y a mil millones de kilómetros en otra galaxia, pugna por volver, por encontrar el camino a casa, mientras su alma se escapa irremediablemente a través de su grande hinchado. Es todo una discordancia. Irreconciliable. No hay un lugar común al que llamar casa porque pese a todo su esfuerzo no ha conseguido revertir el caos, darle la vuelta. Es mucho más fácil con los calcetines. Mucho más.

Se sientan en el salón y ella está más que satisfecha. La primera foto para la exposición está hecha. Él está a punto de llorar del esfuerzo. Él está a punto de desintegrarse.

Derramarse en el espacio.

Ella le mira a los ojos, cogiéndole de las manos, y le dice “gracias”.

No quiere verlo al mismo tiempo que no quiere dejar de mirar, pero sus ojos brillan porque están encharcados. Una parte del caudal debe salir para no contravenir ninguna ley física. Vuelve la mirada a la pantalla del macbook donde está la foto, y el caudal crece. El embalse en el que se han convertido sus ojos no tiene mucha más capacidad.

Y entonces él observa cómo una gota de humedad se hace consistente y abandona el ojo para atravesar levemente la mejilla.

Un leve rocío que es demasiado grande para evaporarse se escapa por la comisura de su ojo y, después de un corto tramo de espacio, encuentra la mejilla y rueda.

Rueda llegando a la barbilla.

Él lo recoge con la yema del índice, desconcertado.

Ella se olvida y sirve más cerveza. Son las doce de la mañana de un domingo y no parece que haya nada más interesante que hacer, así que él coge el vaso y lo derrama en su interior.

Ella le besa, sin ningún particular olor a hierro. El agradecimiento se ha extendido y se ha hecho labio que recoge los suyos.

La mira a los ojos y no sabe qué decir. Él está en la excepción, ella en la vida misma. No sabe quién está mejor ubicado. No es muy posible saberlo.

“Tenemos que hablar a lo largo de la semana para quedar para hacer la segunda foto”.

Él lo oye como a través de un acuario. Sordo, bocinado, deforme.

Sonríe. Coge el litro y lo revienta directamente contra la garganta. No puede ver pero intuye estrellas creándose contra el cielo del paladar. Universos saliendo de la nada para convertirse en algo.

Se levanta.

Dice “perdona, estoy un poco mareado, ¿te importa si me voy?”

“No, como quieras, te acompaño”.

“Te dejo aquí el macbook y la cámara, vendré un día de esta semana y ya concretamos”.

“Perfecto”.

Ella, desnuda, le despide en la puerta.

Sólo asoma la cabeza.

Una preciosa cabeza.

Él apesta a hierro, lo sabe. Entra en el primer bar. Saca veinte euros. Pide. Por favor. Una cerveza.

Y repite, sin que nadie se lo pida, “por favor”.

Hasta que se la llevan.