agua

Fin de semana un poco frustrante, que comenzó estupendamente el viernes en la bañera cuando, de repente, se me ocurrió una nueva perspectiva de contar la historia de la novela que ando escribiendo, una de las protagonistas secundarias contándole la historia a otro. Salí escopetado, me puse un albornoz, encendí el ordenador y al lío.

Con una presentación más al uso —con un capítulo terminado en un momento culminante, retomar la historia desde otro personaje, terminar el capítulo con otro corte parecido, y así todos—, me estaba estancando, gestionando con dificultad escribir tres o cuatro mil palabras por sesión y un poco aburridete, la verdad. Y si me aburro yo al escribirla… Con la nueva perspectiva y sin mucho esfuerzo escribí unas ocho mil palabras el viernes y doce mil el sábado. Genial.

El tema es que, utilizando una serie de entrevistas en las que el personaje secundario cuenta lo que pasó, evito la mierda del cliff-hanger, que ni siquiera me gusta cuando lo leo si no está muy bien hecho. La mierda, aunque no sé si fué La Mierda, fue que empecé a preguntarme por qué ese personaje en concreto sabía tanto de lo que pensaban y sentían los demás personajes. Y limitar la historia a un relato de hechos sin más tampoco es que de mucho juego a la hora de explicar los porqués.

En algún momento del sábado a última hora todo se fue a La Mierda. El método dejó de funcionar y la narración empezó a arrastrarse. Qué horror. Quizá es que el modo es sólo bueno para presentar la historia y debo abandonarlo un poco después, no sé, pero es una perspectiva complicada de abandonar. No puedo evitar que modifique de hecho lo que pasa en sí.

Tampoco puedo taladrarme. Al contrario que en las anteriores, en las que improvisaba viendo a ver por dónde tiraba la historia mientras la escribía, esta novela ya está planteada. Empecé a escribir realmente la historia el viernes de hace una semana, así que como parte positiva puedo pensar que en una semana han salido sesenta mil palabras entre una narración y la otra, más las otras cuarenta del planteamiento que escribí en las semanas anteriores (entre fichas de personajes, acontecimientos relacionados pero que no salen en la novela y demás), llevo un montón de mierda (esta con minúsculas) de momento para nada. Sigo avanzando en la comprensión de lo que pasa en ella, eso es cierto. Pero también lo es que si parase ahora mismo no tendría realmente nada.

Una cosa he aprendido, desde luego, cuando decida probar otra forma de contar la historia la próxima vez empezaré desde la mitad, no desde el principio, que tampoco ayuda del todo contar lo mismo dos veces —por más que también tuviera su parte interesante plantear lo mismo desde otra perspectiva.

Así que ahora mismo estoy un poco parado, la verdad. Sin saber muy bien si retomar una de las dos a ver qué pasa o empezar a pensar en una nueva. Un poco frustrado. Espero que al final sirva para algo, aunque tampoco echo en un saco roto lo bien que me lo he estado pasando esos días que todo fluía e iba bien.

Eso también lo he aprendido, ahora que lo pienso. Al haber planificado el relato antes de escribirlo (nunca se puede hasta el último detalle, así que no es tan rígido como parece ni de lejos), una vez que los dedos vuelan sobre el teclado y la cabeza está tan metida en la historia que no soy capaz de notar ni cómo me duele el culo después de cuatro horas sentado, la sensación es… muy poderosa. Tremenda. Me he tirado mucho tiempo diciéndome a mí mismo que escribía, pero sin escribir (más allá de improvisaciones cortas, que es donde suelo estar cómodo aunque el resultado sea meh), y ahora tengo que aprender desde el principio métodos y formas de hacer la cosa más factible. Todo es una experiencia, me temo.

Releer las novelas antiguas, excepto la primera y la última, fue un dolor. Encontraba perlas que me gustaban engarzadas en una narración vaga y caprichosa en la que se notaba perfectamente cuál era mi estado de ánimo cuando escribía, así que el resultado general es en ellas algo deslabazado, el tipo quiere contar algo pero no termina de saberse muy bien qué. La primera hablaba sin más de las impresiones de la facultad, y son casi más un diario inventado que se abastecía de la realidad de un modo tan dependiente que era ella quien ponía la consistencia. La última la hice siguiendo un método un poco mixto, algo de preparación previa e improvisación bruta después. Tampoco es que quedase muy coherente al final, pero se leía mejor que las novelas del medio. Esas relecturas fueron las que me llevaron primero a la comezón de volver a escribir algo más largo y segundo a decidir que si lo iba a hacer iba a ponerme serio, sabiendo a dónde iba para que después esa coherencia se reflejara en toda la trama, evitando ad hocs tontos y la vergüenza propia en lecturas posteriores. Puede gustarme más o menos, pero que no me avergüence es lo menos que se puede pedir.

Ya se verá. Nadie dijo que fuera a ser fácil. Aunque me gustara pensarlo.

distancias

En medio de todo lo que está en medio, con un ligero déjame en paz, enciendo un cigarro.

Sólo se puede vivir de este modo, o uno parecido. Pues que así sea. Ya llegaba tarde.

Al final las luces se comían el salón. Y bien que así fuera.

Cuando así fue.

No nos íbamos a morir nunca, si conseguíamos mantener las distancias. Tú y yo y las distancias éramos más que viejos conocidos, así que las distancias se hicieron tiempo y aprendieron a evitarse como se debía.

En fuego, pero el fuego no era más que un recurso publicitario. Así se apagó todo, con el sonido de algo roto que… bueno, que sonó por todas partes como algo roto, qué decir.

desdentado

Hace una semana se me partió la pala izquierda.

Tampoco es que haya sido un drama, llevaba muerta al menos dos años. Se ha roto como un pequeño artificio visual que se descubre, una pequeña trampa de engaño. Ahora es aún más evidente que mi boca está hecha una mierda, pero lo único que se ha caido es la apariencia de no estarlo.

Y lo más curioso es que no es esa la sensación que tengo. Puedo morder correctamente, no me duele nada, como sin problemas. Mejor que todo este tiempo cuidando esa vela sin nada detrás para que no desapareciera el prodigio. Pero comprendo que estéticamente estoy jodido.

Lo que me hace preguntarme muchas cosas a raíz de ese culto a la boca. Los que carecen de algún diente y lo enseñan son unos parias, y no hay siquiera alguna figura pública que lleve su desdentismo con orgullo, denunciando el estigma del canino.

Los Himba se arrancan de cuajo los incisivos inferiores a los once años. En algunos sitios he leído que para que su boca se parezca a la de las vacas, cosa que no tiene sentido alguno, las vacas tienen incisivos inferiores. Otros dicen que para no resultar ser atractivos a los esclavistas, o por simple estética, o para pronunciar el idioma…

John Laroche, en Adaptation (El ladrón de orquídeas, 2002), retorcido por la culpa, con la boca medio vacía para no olvidar el accidente, como recuerdo que le impida volver a llevar una vida normal. El Club de la Lucha, “hasta la Mona Lisa envejece”.

Al que le va bien tiene dientes y los muestra, sonríe como símbolo de salud y de integración. El diente es posibilidad de futuro y poder en el presente. El diente es vida y salud, y el desdentado es pobre, está seguramente enfermo y no es demasiado inteligente. El hueco no tiene recursos y nos recuerda la muerte. El hueco representa todo lo que no queremos.

Mi mandíbula se estrecha, mis muelas del juicio vinieron de frente. Mi incisivo inferior odiaba al superior y le fue dando cera hasta que ya fue demasiado tarde. Más dientes se dedicaron a lanzarse unos contra otros hasta que se hicieron añicos (no me hubiera pasado si fuera Himba). La única opción es resetear la boca: todo fuera, todo dentro. Me llamaréis especial, pero cuando la solución y el problema se parecen tanto me suelen brotar dudas, dudas por todas partes.

(¿Veis?, es imposible no hacerlo en esto: ya me estoy justificando).

Los dientes son una medida de la supervivencia, que se vigila y se calcula cuando uno conoce a alguien. Dientes por todas partes, alineados, blancos, perfectos. Y uno aquí en medio. Preguntándose a qué tanto, pero comprendiendo. Uno nace donde nace y es inevitable comprender por mucho que la pérdida te vaya relativizando el diente, desmontando su continua simetría visual.