diferencias

Me hubiera gustado pedir perdón
sólo por hacerlo. Por hacer algo.
Me hubiera gustado haber sabido hacerlo,
haber encontrado la fórmula para
encontrar las palabras justas en los pulmones
y echarlas con mi aliento de la boca.

Me hubiera gustado estar en ese punto y
dejar de confundir los puntos con las comas,
comprender las sutiles diferencias
que construyen realidades paralelas,
y el tiempo, y el recuerdo, y el destino,
y lo inmarcesible y lo que se agosta,
me hubiera gustado, en cualquier caso,
pedir perdón, ir haciéndolo.

Permanecer mirándote fijamente a los ojos
con tu mano entre las mías,
en algún bar
con el café ya casi frío,
y el ruido de fondo
y tú intrigada al otro lado
por la mirada y el contacto
y por el rato,
y decirte lo siento
como si tuviera la más remota idea
de lo que estoy haciendo.

Resolver la incógnita de tu mirada
y su brillo de alegría
para después despedirme
y seguir con lo mío. Dar la vuelta,
recomenzarme, destituirme a mí
para formar un nuevo equipo.

Una sola disculpa, aunque vacía,
es capaz de todo eso. Así que
me hubiera gustado pedir perdón,
sólo por hacerlo. Por hacer algo.
Por saber a qué atenerme. Por
volver a citar mis fuentes o las tuyas,
por salir del trago sin atragantarme
este año.

limpio como la patena

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El último regalo que me encontré, en una caja de la mudanza.

Bueno, mi madre me grabó con fuego en medio del cerebro que antes de irme de casa a pasar unos días fuera debía dejarla limpia como la patena. Y aunque uno haya luchado en plena(s) crisis(s) existencial(es) contra todos los supuestos morales imbuídos por una sociedad asquerosamente cristiana y capitalista, aunque uno haya usado el martillo contra todo lo posible en lo que respecta a conceptos heredados, aunque me haya vaciado más de diez veces intentando reencontrarme en medio del vacío más absoluto, pues resulta que contra eso no puedo. Me pregunto qué coño pasa si me largo y dejo la casa hecha una mierda, pero no tengo respuesta porque nunca jamás he podido hacerlo.

A ver si no confundimos, que yo la casa la tengo pura, conceptual y emocionalmente llena de mierda regularmente, y me voy por la puerta camino del trabajo y no pasa nada de nada de nada. Y el desorden es mi paraninfo y mi barrera soñada, y soy feliz cuando puedo ponerme a escribir sobre montones de cercos vacíos de litros igualmente desiertos. La tengo pura porque el desorden y la mierda son un fin en sí mismo que no busca obtener nada, la tengo conceptual porque racionalmente considero que la suciedad es menos falsa aunque más incómoda, la tengo emocionalmente porque uno no puede hacer más que trasladar su propia mente a todo lo que le rodea, no hay más explicación gnoseológica. Y cuando vuelvo del viaje siempre y en todos ellos me alegro un poco de encontrarme todo limpito pero, al mismo tiempo, mi casa entera es un desiderata a tiempo completo sin fisuras ni términos medios.

Le tengo gusto a las pelusas, qué le vamos a hacer, y a los libros por el medio, y a los ceniceros repletos, y a un montón de tópicos semejantes en los que me lustro, me saco brillo. Me parece genial encontrarme de repente un papel que garabateé hace un par de semanas con un comentario sobre un párrafo del libro que entonces estaba leyendo. Me fascina encontrar la letra y los acordes de algo que estuve componiendo hace más de un mes justo debajo del paquete de garbanzos al limpiar la encimera.

Son como pequeñas sorpresas que me voy dejando a mí mismo, y, como vivo sólo, a ver quién cojones me va a dejar sorpresas si no soy yo mismo.

Y, además, los proyectos tienen una existencia independiente del tiempo, viven su propio tiempo, una canción no lo es enmarcada en los ritmos del ir al trabajo, comer, hacer la compra, limpiar, cagar, ducharse y todo ese conjunto asqueroso de mierdas. No. Los proyectos existen siempre dentro de un marco diatópico que les confiere la consistencia de lo que existe. Las canciones, las novelas, los relatos, los poemas tienen una vida diferente a la mía aunque se solapen, quiero decir que a lo mejor yo hoy estoy liado con un poema, pero me duermo borracho como una cuba, y me levanto y me voy al curro y por la tarde tengo que arreglar una web que ha hecho puff y después me tomo unas cervezas con el dueño de la web en cuestión y me vuelvo a dormir, y de nuevo al día siguiente vuelvo al curro y al regresar a casa me encuentro de nuevo el poema y lo continúo, dos días después. Pero…

Pero realmente no han pasado dos días. En mi vida (o lo que sea) sí que han pasado dos días, y en mis rutinas, pero no en el poema. En el poema ha habido un continuo desde que me acosté borracho antes de ayer hasta hoy que lo retomo. Tengo la certeza de que no me estoy explicando en absoluto, pero quizá si lees los párrafos otra vez lo entiendas mejor. Incluso mejor que yo mismo. Porque realmente no han pasado dos días entre una cosa y la otra, sino que el tiempo se comprime y elipsa lo que no le interesa para dejar sólo un mismo poema que estoy escribiendo sin discontinuidad aparente.

Sé que estoy loco como una puta cabra, porque vivo esas dicotomías sin discordancia aparente, soy tan capaz de estar en el curro y en el poema al mismo tiempo, aunque no esté ni en el curro ni en el poema en un momento dado, sino zurrándole al coche en una carretera que estoy disfrutando a muerte. Soy capaz de estar concentrado en algo que no me interesa vitalmente en absoluto, al mismo tiempo que circunstancialmente me interesa. Y soy capaz de hacerlo sin dobleces, plenamente. Sin mérito alguno porque es sin esfuerzo, pero así de extraño. Es como si fuera capaz de vivir en varios niveles al mismo tiempo, aunque no lo entienda. Es como si pudiera sostener dos, tres, cuatro, cinco, diez migueles al mismo tiempo en diez universos referentes pero no semejantes, como en una sinfonía en la que todos y cada uno de los migueles son parte de la armonía que suena.

Por eso mismo he aguantado tanto tiempo en situaciones que me aburrían, o me superaban, o me destrozaban entero, sin morir del todo (en parte siempre se muere porque somos sujetos del tiempo, cuya característica principal es que no puede dejar de pasar). Porque estaba sonando de otros modos en la misma armonía, otros modos que sí me mantenían interesado. Qué puta locura. He tardado años en ser capaz de expresarlo así, y creo que aún no lo he hecho gráfico del todo, creo que aún no me estoy acercando lo más mínimo ha hacerlo legible, visible, cognoscible.

Y todo esto viene porque antes de irme a Barna he tenido, por inculcación materna, que dejar la casa limpia como la patena, porque de otro modo no hubiera sido capaz de irme (creo, nunca se ha dado el caso). Y me he preguntado…

Me he preguntado…

Qué pasaría si tuviera que irme de mi cabeza un tiempo. Qué cojones pasaría. Qué cojones pasaría si tuviera que irme unos días de mi cabeza y, antes de hacerlo, tuviera que dejarla limpia. Recoger todo ese desorden, meter las cosas en cajones. A ver cómo podría poner orden en esto, que vive a varios niveles y que entiende el tiempo como varias líneas que suceden al mismo tiempo, solapándose a veces. Sólo a veces. Que no comprende más que el ahora y el hoy al mismo tiempo que no tiene un concepto claro del ahora o del hoy. No soy un tipo de futuro, o estaría delgado. No soy un tipo de futuro, o no habría bebido tanto, no soy un tipo de futuro, o el futuro sería un elemento capaz de consolar un poco más al presente cuando este lo requiere.

Si tuviera que irme de mi cabeza un tiempo, y lo supiera de antemano, sería incapaz de articularlo todo en un orden comprensible. No podría recogerlo todo, porque todo lo que hay está esencialmente disperso. Así me mantengo vivo, en esas líneas temporales que recorren lo que es de modos diferentes cada vez. Tendría que doblarme en esos varios migueles y hacerles cuerpo, carne, existencia.

Y de eso, hoy por hoy, no soy capaz. Así que mejor que sólo sea mi casa lo que dejo esta vez por unos días, mucho más sencillo así. Mucho más claro.

sábado en casa

A ver, me voy a quedar en casa. Soy más que perfectamente consciente de que hoy es sábado, pero supongo que de vez en cuando no está de más darse un regalo a uno mismo (como si salir fuera una carga, joder). Quedarse en casa como si fuera un día cualquiera del resto de la semana (o, mejor, como si fuera un día del resto de la semana en el que me quedase en casa). Darse una vuelta por aquí. Después de comer con mi madre como un hijo pródigo me paso por el supermercado de turno y compro lo que un tipo como yo que se dispone a hacer lo que está a punto de hacer necesita. Me doy una vuelta por la sección de vinos, y por la de droguería. No sólo de beber y lavarse el pelo vive el hombre, pero es un buen punto para comenzar en un día como este.

Si algún sábado me quedo en casa tengo la sensación de que estoy tirando mi vida a la basura, de que estoy participando realmente en eso. No siempre encuentro respuestas fuera, pero sí que es verdad que tengo la sensación de que cuando salgo estoy en la situación en la que pueden pasar cosas. Dentro de casa no va a pasar nada que se escape de lo esperado. Supongo que si tienes una pareja puedes quedarte luchando por el polvo, en esa guerra emocional de sábado en la que el polvo es el bastión a conquistar en el horizonte, después de un duro estado de sitio. He vivido eso. Evidentemente si vives solo puedes terminar flirteando con tus genitales, pero no es ni de lejos lo mismo. Ni tan difícil. Ni tan satisfactorio. Según el día. Según ante quien lo tengas que reconocer.

Lo primero, y más importante como en casi todo, es escoger el momento. El finde pasado tiene que haber sido un hat-trick, de otro modo no hay alma soltera que lo aguante. Y para la semana siguiente tienes que tener planes, más o menos emocionantes, más o menos divertidos en principio, pero verdaderamente diferentes. Yo el martes me piro a Barcelona y no volveré hasta el lunes siguiente, voy a casa de un colega y hay gente de Menorca por allí, así que si tengo un respiro será cuando me siente a cagar. Eso hace que la presión sobre este sábado disminuya como al pincharte la cabeza cuando está a punto de reventarte. Y da casi el mismo placer licuante.

Entonces, en ese estado de cosas, entras en el supermercado y buscas un par de botellas de vino que correspondan. Esto suele significar un par de botellas de vino con las que no tengas que endeudarte con la tipa de la caja para pagarlas, por más que a veces te gustaría endeudarte con la tipa de la caja de algún modo, el que fuera. Es como un asunto de baremos. Todo el rato estás pensando en si las puedes pagar, y si puedes accedes a un tramo más caro, y si no puedes disminuyes un tramo, y si… esa es la cuestión, y si. Si al final vas a estar borracho, qué coño más te va a dar. Así que al final coges una botella de las caras, la primera, y un par de ellas baratas par ir tirando después, cuando ya no tengas paladar. Y unos buenos filetes de ternera y una ensalada y ese vinagre de módena que nunca pillas porque son tres pavos por un bote minúsculo. Pero hoy es ese día, hoy pertenece a ese calibre de días en los que está permitido pagar unos determinantes tres pavos por el puto vinagre emulsionado que no comprendes pero sabe bien. Y entonces, con los vinos, la ensalada y la carne vas a la sección de droguería y buscas algo para el cuerpo y el pelo que te diga en mayúsculas eres un tipo de puta madre. Pero no lo encuentras, porque allí sólo hay botes, y a alguien se le olvidó decirte que todo lo demás lo tienes que poner tú, en forma de un estado mental conveniente. Pero tú, cabezón donde los haya, sólo ves botes con pegatinas de frutas o frutos secos en el frente, aunque no consigas oler a nada de nada de lo que puedes leer en ellos. Quizá porque el resto de días de tu existencia te la sudan este tipo de cosas eres un tipo más que ineficaz para obtener algún resultado medible.

Y con toda tu decepción en una cesta vas a la caja y pagas. Tu frikismo te ha hecho llevar un par de bolsas en el bolsillo para no comprar ninguna, así que las rellenas y te largas pensando que no comprendes qué coño ve la gente en esto para hacerlo tan a menudo, y no estás pensando en pasar un sábado solo, sino en comprar en general. Te montas en el viejo golf y lo arrancas, y eso sí que es un buen sonido, así que tomas el camino más largo para llegar a casa porque Hoy No Vas A Ninguna Parte y no tienes prisa alguna. Y recorres un par de secundarias de Ajalvir y Daganzo dándole duro al acelerador y rezas a los dioses del petroleo para que hoy precisamente no haya ningún guardia civil mirando lo que haces, y los dioses deben responderte porque Nadie Te Para. Así que cuando aparcas tienes que volver a meter las cosas dentro de las bolsas porque se han repartido por todo el asiento trasero, como debe ser cuando uno conduce con placer y con ganas de hacerlo.

Y subes y colocas todo en la nevera, o al menos todo lo que se puede estropear fuera, o al menos todo lo que te da tiempo antes de aburrirte, y enciendes velas en el borde de la bañera y te metes dentro, y enciendes incienso, y pones música, y la emoción ha durado justo hasta que te has metido dentro del agua, porque justo en ese momento has empezado a encontrarlo todo tremendamente vacío. Y sales de la bañera, y apagas las velas pero dejas en incienso, y te vas a poner a cocinar justo cuando te das cuenta de que no tienes hambre. Es la jodienda de las madres, que te ceban y no te dejan disfrutar de este tipo de momentos preciosos durante horas después de haber estado con ellas.

Así que, aún en pelotas, abres la puerta de la terraza y sales fuera. Y el frío es atronador, y el frío tiene tanta presencia que lo es todo, y está bien que sea así. Y aguantas, te enciendes un cigarro y miras fuera, y fuera sólo hay un pueblo vacío a estas horas. Y cantas una canción, siendo consciente de que suenas entrecortado. Tus pies en contacto con el suelo están congelados, todo tu cuerpo está congelado, sólo los dedos alrededor del cigarro tienen algo de calor residual. Pero está bien. Todo está condenadamente bien. Precisamente por haber escogido el finde concreto para quedarte en casa todo está rematadamente bien. Y cuando desaparece el frío te das cuenta de que ya puedes entrar, y publicar esta entrada que tienes escrita desde el jueves, y aliñar la ensalada, y ponerte un par de capítulos de community, y abrir el vino bueno, y darte un respiro.

Y, ahí fuera, las cosas están sucediendo. Pero no te importa mucho. No te importa nada. No hoy. Te metes dentro del edredón con la botella cerca y la serie reproduciéndose en el ordenador. La apagas. Coges un buen libro y el vino.

Bebes y lees.

Y el tiempo desaparece, lo justo como para sentir que la semana entera de lucha por mantenerte vivo ha merecido la pena. Notas como tus pies van entrando en calor, y tu boca también, por el vino.

Bebes y lees, y entras en otras vidas de tal modo que la tuya desaparece. O no. O quizá es menos lesiva.

Bebes y lees hasta que el sueño te arrulla y desaparecen las ganas de estar en cualquier otra parte que no sea precisamente esta.

Y en ese momento eres consciente de lo feliz que puedes ser en medio de la tormenta de idioteces que se dan de sí en los días que no hacen más que suceder como pueden. Como van pudiendo. Contigo en medio.

Y entonces sí, te das la vuelta. Y te duermes.