flores

El tipo susurraba como un idiota la misma frase una y otra vez. Yo lo escuchaba, así que al menos tenía testigos. Para mucha gente es importante no estar solo, no importa si el momento es alegre o triste: no estar solo es el paliativo. Abriendo la noche como un martillo el rayo y el trueno al mismo tiempo iluminaron y ensordecieron su cuerpo acuclillado. El tipo no pareció darse cuenta, o al menos nada cambió en él. Me acerqué a intentar consolarlo de algún modo, pero justo frente a él me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo hacer algo parecido a eso.

Había dejado de entender las cosas, no quizá solamente al tipo. Por la mañana, en la cafetería, te había dicho que no era fácil que volviéramos a hacer equipo, y lo decía casi definitivamente en serio. Perder la confianza es algo muy sencillo, sobre todo en comparación con traerla de vuelta. Caíamos, girábamos en círculos concéntricos en torno a nuestros egos mientras caíamos y la cafetería se empezó a cuajar de bullicio, así que tuvimos que irnos. Te dejé en la puerta, intentando mirarte fijamente mientras tú mirabas a otro lado. Eso, creo, es todo lo que conseguimos.

Así que en ese estado de cosas me despedí breve y conciso y me dirigí a ninguna parte. Al menos a ninguna parte en concreto. Uno siempre va a algún sitio, aunque el sitio sea dar tumbos de uno a otro intentando que los pasos distraigan el runrún. Después de caminar un rato vi aquella floristería con los ramos enormes en un escaparate de pintura desconchada, y me pareció bastante tierno, lo suficiente como para entrar. Una mujer con apariencia cansada hacía cosas con las flores, recortaba, llevaba un tarro de cristal en la mano con el que vertía agua aquí y allá. Saludó alegremente y me preguntó si estaba interesado en algo en concreto. Le dije que no, que iba a mirar para decidirme. ”¿Algún significado en especial?”. Eso me dejó un poco descolocado, pero volví a decir que no y me puse a mirar un estante, y ella lo dejó estar.

La pintura también estaba desconchada dentro, pero al rato empezó a parecerme ordenada. Miré el conjunto de la tienda y los desperfectos parecían regulares. Curioso. La madera de los estantes avejentada y el suelo desconchado aquí y allá, de forma predecible. ”Creo que me llevaré unas cuantas de estas”.

Con un ramo enorme de algo en la mano seguí caminando, buscando un lugar apropiado donde tirarlo sin que pareciera algún tipo intenso de drama. La verdad es que debería haberme dado igual, pero después del desayuno no me había quedado fuerza suficiente como para enfrentarme a otro ser humano preocupado por mi estado de ánimo, así que persistí en la tontería. En una calle vacía hice lo que tenía que haber hecho mucho antes.

No, la verdad es que mucho antes no tenía que haberlas comprado. Pero salir de allí, profundamente desilusionado por lo artificial de la decoración, sin llevarme nada hubiera sido un poco violento. Quién sabe ya de qué hablo, pero es así. Supongo que mucho mejor con el ramo. Tres calles más hacia alguna parte noté un toque en el hombro y, al volverme, vi al tipo que con una sonrisa en la cara me preguntaba si podía quedárselo.

—¿Perdón?
—El ramo, si no le importa, me gustaría quedármelo.
—No comprendo.
—Lo vi antes en la papelera y me dije que era una pena, pero no estaría a gusto si no le preguntara primero.
—¿Por? Lo dejé allí, ya no lo quiero. Han perdido su motivo.
—Sí, pero nunca se sabe, prefiero preguntarlo.
—Está bien. Puede quedárselo sin problema.
—Perfecto, ¡muchas gracias!, ¿quiere que le pague algo?
—No, de verdad, está bien. Me parece correcto.
—No me quedo tranquilo del todo… ¿podría invitarle a un café?
—No, en serio, no es necesario.
—Bien, entonces al menos tome mi tarjeta. Nunca se sabe.
—Claro. Nunca se sabe.

La guardé en el bolsillo y me di la vuelta intentando no pensar en nada. Un buen tipo. Fue entonces cuando, no sé exactamente por qué, te llamé para contártelo. Te pareció gracioso, así que me hiciste leerte la tarjeta punto por punto. Jugando con las letras, ordenándolas tontamente para sonar como un lenguaje quizá de otro planeta. Me preguntaste si nos veríamos al día siguiente para desayunar, y te dije que mejor no. Era, desde luego, lo sensato. Después lo olvidé.

Y justo después fue tarde. Completamente tarde.

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