merla

Hubo un día, lo recuerdo perfectamente, que dejamos de intentar parar aquello. Simplemente no teníamos más fuerzas. Nos detuvimos. No fue fácil dejar la corriente en medio y parar, ni fue fácil dejarnos derivar en una marea que no era nada ni tenía nada ni podía ser nada de nada, así que estorbamos todo lo posible al absurdo y el vacío y nos fuimos.

Sin más.

No teníamos miedo porque no habríamos sabido cómo tenerlo, simplemente podíamos mirar al cielo y sorprendernos de que aún hubiera algo ahí arriba, cobijándonos o escupiéndonos agua encima. No era triste, ni descontento, ni solipsismo ni odio ni movimiento, era simplemente lo que había encima de nosotros. No había más. Ni lo hubo nunca.

—Cuéntame, ¿quién te lo dijo?
—Nadie pudo decírmelo, ¿no crees?
—Yo ya no creo nada. Nada de nada. Nada es suficiente para seguir creyendo en absoluto.

Y así pasaba el tiempo, y las cosas.

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