criaturas del pantano, 1

No ha sido demasiado complicado, mantenía el mismo número de teléfono. Ha sido llamarle y quedar en esta especie de franquicia gallega en la que registraremos la carta como si fuera la declaración de la renta para encontrar los platos más baratos y que más puedan llenar la barriga, mientras saltamos la banca de cerveza en la medida de nuestras posibilidades económicas. Siempre fue más o menos lo mismo, así que no importa demasiado que haga cuatro o cinco años que no nos hemos visto el pelo. Uno siempre reconoce a los viejos camaradas, y disfruta de reunirse con ellos mientras sigan jurando fidelidad al mismo ideal. Somos la misma carne, la misma mierda, básicamente los mismos. Con unas cervezas delante las canas dignifican y las carnes de más no están tan mal, son un derecho adquirido. Una prueba de solvencia. Cuando le conocí era bastante vergonzoso, pero tenía un par de cosas que le hacían bastante atractivo en ese momento: tenía algo de pasta que dilapidar y un montón de ganas de hacerlo. Con el tiempo fue espabilando y perdiendo esas ganas tontas de impresionar, lo que hizo que me sintiera mucho mejor conmigo mismo cuando le sableaba día tras día para encontrar esa cerveza especial que nunca termina de llegar cuando tienes sed. Siempre tienes que seguir buscando en la siguiente para ver si. Y después en la siguiente. Habíamos tocado juntos en un par de esos grupos que se tienen con una perspectiva dual: al mismo tiempo que eres consciente de que no vas a llegar a ninguna parte con esa gente, consuelas tus noches pensando que estás en el camino de salir de toda esta estupidez. Quizá estoy siendo algo cruel, pero en el fondo, pienso ahora, es cierto. Te juntas con otros cuatro tíos en un local que es de alguien que conoces y te lo deja gratis, berreas un rato aporreando la guitarra sintiéndote en la cima del mundo (a partir de aquí todo sera cuesta abajo, eres capaz de sentirlo), das un par de conciertos en los que te dan barra libre, te abrazas y con suerte conoces a alguna tipa que piense que tú, que no eres capaz de salvarte ni a ti mismo, la vas a salvar de todo lo que la rodea, y al día siguiente vuelves al ensayo con las mismas perspectivas y ni un palmo de terreno ganado. Y para cuando los cinco sois conscientes se disuelve el grupo y se empieza en otro proyecto con la capacidad de mantenerte calentito una temporada. Una perspectiva triste, pues quizá. Pero también una vía de escape inocua para esa cosa genérica y terraformadora que llamamos la sociedad, si me da por ser grandilocuente sin saber realmente serlo.

El caso es que no ha sido demasiado complicado, y eso está bien. Nunca sabes en qué estado mental van a estar tus compañeros de combate una vez que la guerra ha terminado y la paz reina. Deglutimos unas cuantas cervezas y vamos entrando en calor, empezando a notar el hilo tenue de la posibilidad colgando tímidamente del techo. Hacemos algunas migas con el camarero que tiene asignada nuestra mesa, que es gallego y ha venido sólo para trabajar aquí cincuenta o sesenta horas a la semana y morirse del asco el resto del tiempo. El tipo realmente agradece poder hablar con alguien, y nosotros, intuyendo algún tipo de descuento, le dejamos hacer. Una vez agustito Gordo me pregunta que a qué ha venido todo esto, después de tanto tiempo, y yo se lo suelto como viene.

—Quiero montar un garito.
—¿Dices?
—Quiero montar un garito. Nada serio, algo tranquilo. Conciertos, cervezas, ese tipo de cosas. Ya es hora.
—Estás de coña.
—No, tío. No lo estoy.
—¿Vas a montarte un puto negocio ahora?
—Cuándo si no, hombre. No quiero esperar mucho más.
—Estás zumbado.
—No, tío. Estoy sonado. Pero es lo que tengo que hacer. Tengo que hacer algo o volverme loco del todo.
—Demasiadas cervezas.
—No. Esto es cosa de Hyde.
—Peor me lo pones.
—Espero que no.
—¿Lo dices en serio?

Claro que en serio. A ver qué si no. El gallego terminó el turno y se acercó con unas jarras enormes de cerveza de medio litro, y nos pusimos a ello. Después de un par de rondas más fuimos por ahí, rompimos un par de cosas. Me caí sobre uno de los vasos que habíamos sacado del restaurante y me jodí una costilla para el resto de mi vida. No conocimos a nadie pero tampoco hizo demasiada falta, simplemente nos emborrachamos hasta perder consciencia de lo que nos rodeaba. Ni bien ni mal, ni perfecto ni terrible. Un día normal. Acompañamos al gallego a coger el autobús cuando llegó su hora y nos sentamos en un parque con un par de litros en vasos de plástico. Nos pusimos a ver cómo la noche golpeaba por todas partes. Gordo dijo que no teníamos ya edad para eso. Yo respondí que no la habíamos tenido nunca y jamás nos había importado demasiado.

Y se apuntó, por supuesto que lo hizo. No tenía tampoco más remedio que hacerlo. Me preguntó un par de cosas sensatas, pero le dije que era demasiado pronto, que aún tenía que ultimar los detalles. Eso está bien, me respondió. Lo dejé tumbado en el césped y me fui para casa, donde me esperaba el último litro y una cama. Abrí la ventana del salón, abrí la cerveza y me encendí un cigarro. Mirando a la pared me sentí bien por primera vez en mucho tiempo. No era algo que fuera a durar, pero había conseguido, al menos, conciliar los dos mundos un rato. Quizá mis dos protagonistas psicóticos iban a estar de acuerdo en tomar el mismo camino por una vez. Quizá incluso se ayudaran un poco el uno al otro. Quizá incluso se cayeran finalmente bien, quién sabe. Aplasté el cigarro contra el cenicero, cerré la ventana y suspiré un poco, lo justo para igualar presiones. Eché una larga meada bastante placentera y me metí entre las sábanas sintiendo que ya era hora de acelerar el tiempo hasta mañana.

imprecisión

1.

El mundo es mundo desde que el mundo es mundo, eso no tiene mucha más explicación porque es hueco, se puede decir de casi todo. Como «eres la mejor persona que puedes ser». Eres la grandísima mierda más grande que puedas llegar a ser nunca, pero no dejes de intentar serlo aún más y mejor. El espejo es un elefante dormido que refleja mi imagen deformada entre ronquidos brutales, y ridiculiza mi cara con el cepillo de dientes metido en la boca mientras chorretes blancos y azules caen de las comisuras de mi boca a la barbilla. Intento no vomitar evocando el dolor de un espejo que lleva años y años retransmitiendo una realidad soporífera y adocenada, alegre, triste y enfermiza al mismo tiempo mientras todo va sucediendo sin que importe demasiado.

Podíamos haber intentado dejar todo eso de lado, conseguir una cama en alguna parte y mudarnos sin dudarlo, pero era demasiado complicado, mejor seguir vegetando en un mundo que es mundo desde que el mundo es mundo. Simpático.

Rob entra por la puerta como en una mala comedia excepto las risas de lata, un poco más tarde dirá su frase. Entra por la puerta sonriendo porque es su forma de hacer las cosas y se tira sobre la cama. «Eh, tío», dice, «tenemos todo el tiempo del mundo, pero no te quedes a vivir ahí, ¿eh?»

Todo el tiempo del mundo para qué, me pregunto. Para qué hoy.

Yo estoy gordo como un tobillo tumefacto y tengo silencios por todas partes, preocupado e indiferente a partes iguales en el pulsar de los días que transcurren sin preguntarse a dónde. Termino con el asunto de los dientes y pido un comodín de desayuno. Logro meterme dentro algo de café y media tostada con aceite mientras me ato las zapatillas y me siento pesado y plomizo sobre la silla.

«¿Habéis terminado?», le digo. «Claro, tienes que verlo». Por supuesto, tengo que hacerlo. Somos gente de palabra, ellos, yo y todos nosotros. Somos gente que cumple lo que promete y que jamás olvida prometer lo que cumple.

Buena gente.

Se me duerme el pié. Me pregunto para qué todo, como casi todo el tiempo. No es una pregunta que esconda nada detrás, no sueño con cuchillas, es simplemente una pregunta. Uno consigue, con el tiempo y con un esfuerzo brutal, no necesitar la respuesta a eso para mantenerse despierto y en movimiento. Termino el café y abro una cerveza. Le paso una a Roberto. Están frías, así que se me olvida el resto. Bah, ya estaba medio olvidado en todo caso.

«Nos ha costado un huevo, tío, pero ya está. Velas, alfombras, toda la parafernalia, va a ser bonito». Bien. No, bien no, pero bueno. No bien del todo, bastante bien. La cerveza sabe seca, como si hubieran olvidado remojar lo importante. La cerveza raspa mi garganta dolorida por los ronquidos y escarba hacia abajo camino al estómago. Demasiado esfuerzo para tan poco, en serio.

Salimos a la calle atravesando la puerta e intentando no dejar nada de nosotros en el portal. Llevo casi cinco años en esas cuatro paredes y no conozco a nadie, los vecinos son un asunto necesario pero disimulable. Seguramente haya buena gente ahí, en sus cuatro paredes, haciendo sus cosas. Bajando bragas y calzoncillos en el anonimato de la noche mientras las facturas de la luz reposan en el vacía-bolsillos de la entrada, justo al lado de las llaves que cercan el mundo fuera. Buena gente haciendo sus cosas sin levantar con ello demasiado ruido. Entrando, saliendo, comiendo, eructando, cagando, pasando el día en sus vidas. La mayor constancia que tengo de su existencia son los letreritos personalizados de las casillas de buzón y algún encuentro casual en la escalera. Hola, hola, la puerta no funciona, tira fuerte o no cierra, gracias, lo haré. Ese tipo genial de cosas.

Existe al menos una forma mucho más positiva de encarar todo esto, soy consciente del mismo modo que lo he sido siempre, pero uno termina cansándose de pelear constantemente a la contra. Hay metáforas sobresalientes sobre eso, puedes hablar de salmones y la corriente y los pequeños saltos de agua que hay que remontar para llegar arriba, desovar, eyacular y morir rápido antes de que seas consciente. Consciente de que todo ese jodido esfuerzo que te ha llevado finalmente ahí arriba ha sido justo la cosa que ha terminado matándote. Ese tipo de narrativas mentirosas te mantienen planchado, almidonado, sin fisuras y sonriente.

Eso ya pasó hace tiempo, creo que afortunadamente.

En la calle el calor te atraviesa, te da la vuelta, te mastica un rato sin ganas y después te escupe sin mucho esfuerzo, el calor cuando es bestial no puede evitar agotarse a sí mismo. Rob camina a mi lado como si la vida fuera una cosa maravillosa, y no niego que no sea un buen refuerzo. Está bien tenerle cerca en días como hoy. Tengo sed, una sed infinita que nace en el cerebro y se extiende por el cuerpo en forma de plaga.

El garito está tres calles más abajo, así que nos metemos dentro aspirando la totalidad del aire acondicionado y subiendo diez grados la temperatura ambiente. Me acerco a la barra y pido una cerveza y sonrío al dueño, que es un buen tipo. Me enseña los resultados finales del cartel y me jode un poco, deberían llevar puestos varios días por las calles si queremos que se entere alguien de que tocamos aquí hoy.

El tipo sonríe expectante, le digo que me molan. Me dice que podemos empezar a colocar los instrumentos y que a la una tenemos que haber terminado, por las comidas. Me la pela de un modo infinito, pero no con mala leche u odio o cualquier otra cosa parecida, sino con hastío de años. Años de días y días más o menos como este. De indicaciones parecidas en situaciones semejantes, paralelas, yo qué sé. Tengo más sed y el tipo se da cuenta y me saca otra cerveza. Me la llevo a los cuatro palés que harán hoy de escenario. Todavía no ha llegado nadie, pero saco la guitarra para que Rob pueda ecualizarme un poquito. Y toco.

Toco.

Madera y mierda en los dedos, cuerdas metálicas. Algo de barniz, cola, cosas así. Una guitarra no es nada del otro mundo, es muy de este. Remaches, maquinarias, mierdas de ese estilo. Pero cuando la aporreas, la rasgas, la golpeas y salta, el resultado es bien diferente. Nunca he terminado de comprender eso del todo. En mi caso particular es de las pocas cosas que consiguen desconectar el interruptor de mi cabeza que es el responsable de que todo ande bien jodido casi todo el tiempo, en este mundo que es mundo desde que el mundo es mundo y soy el mejor tipo que puedo llegar a ser.

2.

Hemos terminado comiendo allí. Rob, Fran el bajo y yo. Falta el tipo de la percusión, que siempre termina llegando como los cumpleaños, con regularidad matemática. No importa enervarse, impacientarse, gritar, saltar, intentar adelantarlo, el tipo al final llega cuando debe llegar. Hemos tomado océanos de vino con gaseosa porque los menús son así y tienen eso. Estamos un poco pedos y acompaño a Rob a fumarse un porro fuera, donde el calor nos recibe con los brazos abiertos y los dientes afilados y listos. Encontramos una sombra donde algún extremófilo puede que fuera capaz de desarrollarse un par de generaciones antes de extinguirse y Rob le da a las piedras.

Tengo ganas de gritar. Pero no por nada en concreto, tengo simplemente ganas de gritar de ganas de gritar. Me relajo viéndole meter el humo dentro y expelerlo fuera. Dentro, fuera. Dentro, fuera. Precioso. Sudo como un queso jodido. Conversamos sobre nada poniéndole mucho empeño. Algunos acordes que no terminan de encajar, dice él, algunos acordes que no encajan porque si lo hicieran todo sería demasiado confortable, le respondo. Siempre es la misma conversación al fin y al cabo. Que si comercial, que si no, que si el público, que si el público no importa una mierda. Cómo que el público no importa una mierda. Que no, que no importa una mierda en eso. No puedes pasar de la gente que te escucha, tío. Tienes razón, Rob, no puedo y no paso en absoluto. Lo que no puedo hacer es darles lo que piden, quiero darles lo que yo creo que es importante que reciban. Eres un mierda presuntuoso. Seh, lo soy. Puede ser, pero te juro que ellos sólo quieren venir aquí esta tarde y escuchar un poco más de lo mismo, que les dé la tranquilidad de que todo sigue milimétricamente en su sitio. Pero no hay nada en su jodido sitio. ¿Qué vas, a salvar el mundo ahora? Bah, no tengo ni una puta gana, tío. Ni una. Pero al menos no voy a ser yo quien les dé su ración de alpiste diaria. Si quieren confort, que enchufen la radio.

3.

Media hora antes de empezar llega el tipo de la percusión. Un tipo grande. No físicamente, pero sí grande de un modo que no conseguiría imitar ni en un millón de años en un curso intensivo. Un enorme muelle tenso, un resorte frenado a punto de soltarse cada segundo. Delgado, fibroso, activo, mortal de necesidad. Tipos como ese, mal enfocados, han conseguido todo lo que merece la pena de la humanidad para destrozarlo el minuto siguiente, y, siendo justo, también al revés. Me impresiona la cantidad de energía potencial que muestra en cada paso mientras se acerca al escenario. Dios, este tipo podría acabar con una gacela del Serengeti sin ni tan siquiera darse cuenta de lo que ha hecho. Un segundo y fin de la historia. Otro segundo y otra historia. Adiós y hola en rápida sucesión. Esa energía que les hace acechar todo el tiempo, examinando el mundo circundante en un acto reflejo que les hace extraer toda la información, procesarla y ser conscientes de cada posible movimiento. Una vez todo controlado, el flujo de energía detrás apoyando lo necesario sin vacilación. El poder del instinto en estado natural.

Abre una cerveza y mira alrededor, conozco esa cabeza y casi puedo leer sus pensamientos de forma más clara que él mismo, al fin y al cabo él está atrapado en la inmediatez y yo no. Se acerca, monta los cacharros, sonríe, se agacha para recoger una moneda que Rob acaba de perder y la atrapa antes de que llegue al suelo.

Impresionante.

«Eh, hola».

No esperaba esto.

Nah, no podía esperarlo.

Acabo de tirarme un tercio por el pecho, lo cual supongo que está bien como elemento de refuerzo inicial.

Supongo que, al menos, es sincero.

Hola, ¿qué tal? No tenía ni idea de que fueras a venir. Yo tampoco. Eso está bien. Seh. Churros apestando en el garito como si hubiera habido una invasión extraterrestre cañí. Tengo que seguir a lo mío. Comprendo, voy a por una cerveza.

Todo listo.

4.

Casi todo es mentira, eso es algo que no deberíamos perder de vista. Aún así, el hecho de que todo o casi todo lo sea no es algo que implique que todo sea una mierda: todo es una mierda por diferentes razones a la mentira. La mentira mueve la representación, el egoísmo mueve la mierda. El bicho humano cuenta cuentos desde que apareció el uso del lenguaje, y en esos cuentos utiliza la mentira para crear una narrativa que nos mantenga más o menos en pié en un universo realmente desolador. La mentira, desde ese punto de vista, no es más que una selección de lo que consideramos interesante en un momento dado para realzarlo permitiéndole cubrir la mierda que nos rodea. El mundo, desde que el mundo es mundo, es cruel e hijo de puta, y sólo busca que nos mantengamos alerta para evitar nuestra propia destrucción a manos del resto de usuarios del sistema.

La vida es boca, tubo, ano. Cualquier bicho que rastrees más allá de las plantas (y con matices) tiene esos tres elementos básicos: ingiero cosas, las proceso y excreto lo que no necesito. Comida, digestión, mierda. Boca, tubo, ano. El tubo se dilata en el estómago para retener los nutrientes mientras son minados. El resto es narrativa, porque lo que sucede es alimento en la boca, proceso en el estómago, mierda en las tripas.

Casi todo lo demás son aditamentos y son mentira, pero son en cierto modo necesarios en cuanto representación que transforma. Necesitamos que nos cuenten cuentos que transformen el sentido de nuestra vida. Necesitamos alguna idea del principio y el fin de lo que hacemos, como si lo que hacemos estuviera escrito en alguna parte y fuera necesario para algo. Comprendo el porqué, pero no termino de aprehender las ganas de seguir construyendo tanto andamio.

La música es mentira. Una mentira hermosa, hermosa selección de cosas que se destacan sobre el fondo de mierda que rodea lo que es. No siento lo que toco, o no tiene por qué, lo sentí cuando compuse la canción. El recuerdo trabaja duro sobre lo que fue para hacer algo digno de ello. El resto del tiempo represento que todo sigue siendo del mismo modo que entonces.

5.

—Ha estado bien.

—Soy consciente.

—Jodido cabrón.

—Bien jodido.

Terminamos de recoger y de meter todo en el coche. Yo no tengo muchas ganas, pero le pongo impulso porque no quiero tener tiempo disponible para responder preguntas. A la gente le ha gustado bastante, y suele ser así regularmente. No son idiotas, claro que no. Están idiotizados, que es una cosa bien diferente. Hacer cosas es lo más sencillo del mundo. Lo jodidamente difícil es no hacer nada de nada. Lo jodidamente complicado es mantenerse en el ámbito del pan, la luz, la carne y el pescado, recoger, ordenar, pasar la ITV como si no hubiera más mañana.

Tengo ganas de gritar, unas ganas enormes de gritar. De gritar nada, nada en concreto, sólo de berrear como un imbécil. De dar gritos, de joderme la garganta, de reventar entero como un tomate maduro. Plof.

Y ojo, no digo que nada sea superior a nada, sólo digo que me parece imposible detenerse ahí. Incluso de cuando en cuando admirable, cuando el cansancio es absoluto. Estar ahí. Detenido. Un rescate imposible del que fuimos y ya no podemos ser que nos mira con ojos activos sobre ojos cansados demasiado experimentados, aunque igualmente tontos. ¿Sabios? Nah. Agotados.

Los sabios ya no tienen cabida en este sitio, no es ya su tiempo, están desubicados.

6.

Y así fué. Así terminó siendo. Le habíamos dado duro a las cervezas, porque las cervezas son otra de las cosas que tienen el enorme poder de desenchufar mi consciencia. Ser consciente es, la mayor parte del tiempo, un puto engorro. Otra, y otra, y otra más como en aquel día en el que no podía levantarte del suelo porque yo mismo no podía tenerme en pié. Así terminó siendo. Y después de unas cuantas de más me sacaste fuera a que me diera el aire, y hacía una noche tremendamente noche, fresca, estrellada, farolada, y caminamos un rato dando tumbos hasta el parque que está fuera de la zona donde la gente vive y hace sus cosas, y y y encontramos un banco vacío y te sentaste y yo me recosté boca arriba con la cabeza en tu regazo y grité. Fuerte. Inmenso. Inútilmente.

Grité. No sé en qué estarías pensando tú, la verdad. No puedo saberlo. No sé cuánto tiempo estuve gritando, sinceramente, mientras tú me acariciabas el pelo y susurrabas palabras de consuelo. De consuelo de qué. De qué consuelo.

Pero ciertamente consolaba. O fue consolando.

Las palabras son inútiles, el consuelo no.

Qué sé yo.

La casa está bonita. Eso lo tengo claro. Buscaste las velas y las encendiste, en el pasillo, sobre un plato. Podía ir a vomitar sin encender ninguna luz.

La casa parece otra cosa, siempre que estés dentro. Tú u otra. No es poesía o algo por el estilo, nada más lejos del punto, las cosas con como son. Siempre que estés dentro parece que hace menos frío fuera. Parece que cuesta menos encontrar el sentido. Acordes disonantes. Recordatorios, piedras de toque. Mentiras hermosas, hermosísimas. Me diluyo en ti como forma estricta de disolución, no porque esta tú que tú eres sea algo en lo que merezca la pena disolverse.

Diluirse es la historia. Frío, sincero. Fuera de sí, fuera de mí.

Te levanté y saqué el par de litros que tenía en la nevera, un par de vasos limpios. Nos dedicamos a vaciar aquello en la mesa del salón, mirándonos a los ojos mientras fumábamos y la noche iba pasando dando tumbos y viajes al baño. Después te abracé y nos tumbamos en la cama, de costado, yo detrás de ti aferrando tu seno, con la nariz en tu oído.

Entonces dormimos.

Descansando.

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Viene de aquí. Asias, Ricardo, por el recordatorio.

alicia se preguntaba qué había al otro lado del espejo

Me enseñó a conducir un profesor de autoescuela que era como Ray Liotta con el pelo rapado y algo de sobrepeso. En realidad podía haber sido fisicamente como quisiera y se hubiera seguido pareciendo a Ray, porque tenía la misma mirada, esa que se mantiene independientemente del gesto que tenga tu cara y rezuma mala ostia, tensión y brutalidad, frialdad y decisión inmutable. Me miraba para decirme que había conducido muy bien durante la clase y yo no podía evitar pensar que acto seguido me iba a moler a golpes con un bate de beisbol, y a tirarme en cualquier cuneta vacía para después salir quemando ruedas mirando a los lados intentando localizar algún posible testigo. Un tipo asi no dejaría huellas, más que en el asfalto.

Supongo que no lo tuvo fácil, ese tipo de miradas siempre te traen problemas. El tipo tenía tatuajes en los nudillos que nunca tuve el valor de mirar lo bastante para saber qué decían, así que supongo que a él en algún momento tampoco le dio por ponérselo fácil a los demás. Me dijo su nombre pero no lo recuerdo, me esfuerzo y me esfuerzo y no puedo recordarlo. El caso es que el tipo tenía una paciencia infinita y algún problema de asma, porque siempre estaba tranquilo a mi lado respirando entre pitidos que le salían del fondo del pecho, no de la nariz ni de la garganta. Algo no funcionaba del todo bien ahí dentro. Como esa mirada me ponía tenso de cojones yo no dejaba de decir estupideces todo el tiempo, intentando ganármele, y él se carcajeaba entre pitos y falta de aire y se ponía rojo, lo que hacía que sus ojos brillaran más aún. Ni siquiera en esos momentos la fría determinación que irradiaba desaparecía, esas pupilas inexcrutables que lo mismo podían estar pensando en demolerte el hígado a puñetazos o en prepararse un sandwich con mostaza. No había forma de saberlo.

Y yo iba a mi clase mitad acojonado y mitad intrigado, porque supongo que a todos nos gusta ver el peligro de cerca cuando queremos pensar que no tiene nada que ver con nosotros, que no va a afectarnos. Nos atrae. A mí me atrae, al menos. Me montaba en el coche, saludaba, colocaba los espejos, arrancaba, quitaba el freno de mano, me ponía el cinturón y salía. Le preguntaba “¿por dónde?” y él respondía que ya me iría diciendo. A partir de la cuarta o la quinta clase pareció decidir que la cosa estaba bien y se limitaba a mirar por la ventanilla, con el codo apoyado en el tirador y la mano bajo la barbilla, y yo paseando a Ray por donde me apetecía en medio de una ciudad dormitorio en la que lo más interesante que podías observar era la forma en la que el agua intentaba pasar por el agujero de las alcantarillas. Esas semanas que pasé con él siempre llovía. Aprendí a conducir como un capitán de barco. Así que yo tenía un A3 nuevecito bajo mi culo y la posibilidad de ir a donde me diera la gana y aún así seguía intrigado por el tipo que tenía al lado. Eso era lo que me carcomía. Después de años queriendo conducir cuando por fin tuve la oportunidad me encontré con que me interesaba más otra cosa. No me dejó disfrutar ninguna maldita clase.

Una vez, en un semáforo, le pregunté cuanto tiempo llevaba como profesor de autoescuela. Giró la cabeza y me miró sonriendo unos cuantos segundos, para después volver a girarla hacia su ventanilla sin decir nada. Y sin decir nada lo que me dijo fue “me pagan lo suficiente como para estar aquí sentado contigo jugándome la vida si te da por reventarme contra algo, pero no lo suficiente como para nada más”. Me puso tan tenso que me tiré la siguiente media hora diciendo una estupidez tras otra, arrancándole pitos como palomitas crepitando en su pecho. Después de ese tiempo me miró otra vez con su media sonrisa y, quitándola, dijo “para”. Sus ojos decididos perfilaban la intensidad real del comentario. Y yo me aferré al volante como si fuera mi tabla de naúfrago en medio del mar y con toda una muerte invisible pero cierta debajo. El peligro no parece tan atractivo cuando te apunta. No lo parece en absoluto.

En el primer examen práctico suspendí porque una furgoneta me tapó un semáforo en rojo. O porque no lo vi. Vete tú a saber ahora lo que es cierto y lo que es reconstrucción alegórica salvaculos de ego. A mí me jodía, por un lado, haberle defraudado, no poder dejar de ir a las clases que me estaban costando una pasta por otro, y no querer dejar de ir a las clases que me estaban costando una puta pasta, por su culpa. Yo ya sabía todo lo que tenía que saber sobre conducir a esas alturas, todo lo que sabe cada uno que aprueba el examen, que es prácticamente nada. Pero de él sí que seguía sin saber nada en absoluto.

Fuí el único que suspendió de los cuatro que íbamos en el coche. El camino de vuelta fue una dura tontería porque los demás no querían celebrar demasiado el haber aprobado por si me jodía. A mí me jodían otras cosas. A mí me jodían ellos, como rumor de fondo detrás de lo que verdaderamente jodía, intentando ser correctos y educados. La vida se celebra celebrando la vida y no haciendo el tonto de los cojones, y yo ya sabía lo que necesitaba. Tarde o temprano el papel sería mío.

En la siguiente clase, al final, Ray se giró hacia mí cuando me despedí y me dijo “eres el único que merecía realmente haber aprobado ese examen, no te lo tomes muy a pecho”. Y me largué de aquel coche pensando que sin darme cuenta había conseguido atravesar algún tipo de coraza o de defensa, de haber roto algo que liberaba algo más. Pero cuando al día siguiente le pregunté si el coche era suyo o de la autoescuela, si era autónomo o asalariado, volvió la media sonrisa y el silencio seguido de ventanilla. Esa nada tan charlatana.

A la semana siguiente me volví a presentar y aprobé. Aprobamos todos, de hecho, incluso una tipa que era un desastre y tenía el record de convocatorias de la autoescuela. En el coche a la vuelta todo fue distinto.

Bajamos al llegar y nos despedimos. Ray me dio la mano con un apretón duro y me dijo “enhorabuena”. Ray con sus ojos como dos diamantes fríos y opacos en los que nunca fue posible adivinar nada. Le di las gracias y me piré al bar del barrio a perder la consciencia para celebrarlo. Había pedido el día libre en el curro y no pensaba permitir que nada me impidiera morir un poquito.

Intento recordar el nombre pero no lo consigo. Me esfuerzo y me esfuerzo y no puedo recordarlo.