ramona2

Partiendo de Underscores ya tengo listo el avance del nuevo tema, que es más o menos lo mismo con un par de cambios estéticos y la letra roboto como fuente.

Underscores es un poco… angustioso al inicio. No hay nada.

Pero rápidamente la simplicidad es un valor cuando encuentras todo a mano. Evidentemente es muy fácil de configurar para algo tan sencillo como lo que yo tenía en mente, pero si hubiera buscado algo más complejo tampoco hubiera tenido mucho misterio al no tener que enfrentarte con carretillas de código que no tienes ni idea de para qué sirve.

También está listo ramona2_mobile, que rompe y alinea el juego de los márgenes para una mejor visualización en móviles y tabletas.

En ambos me falta el menú desplegable, pero como no tengo muy claro qué poner de momento me gusta ver el blog tan sencillo.

Pensé que el viejo toolbox de ramona1 era el culpable de algún modo del error al intentar activar la escritura en markdown de jetpack… pero nop.

huim

Cualquier cosa, o casi cualquiera, es buena después de tres docenas de saltos metido en un carguero lento como un caracol, viajando de puerta en puerta estelar. Sin cargo de valor ni equipamiento de calidad, ni siquiera la emoción de un posible encontronazo era capaz de rellenar las horas, nadie con un escáner pensaría que podría merecer la pena. Y sin él nadie pensaría remotamente atacar sin más en zona de alta seguridad. Por ese aburrimiento este trozo de carne que tenía delante, viniera de donde viniera, y el mejunje ligeramente alcohólico con sabor remoto a frutas que le habían puesto sobre la mesa, sumado a la conversación con el representante de la corporación en aquel perdido agujero, le estaban pareciendo una celebración consistente de la vida en su plenitud. Y, por supuesto, también la variante genética local que convertía los pechos de las mujeres en tremendas bolsas cimbreantes que parecían desafiar la fuerza de la gravedad, un poco superior a la estándar, sin demasiadas complicaciones.

Hacía un par de horas que había desembarcado en el orbital y cogido el ascensor hasta la superficie del planeta, mientras algunos automatismos descargaban su equipaje y lo enviaban al hotel donde permanecería esa noche. El ascensor era, por supuesto, un modelo antiguo sin ventanas, así que había experimentado la sensación constante de caída sin tener la contra prestación del paisaje, lo que le había fastidiado bastante. No era un hombre de paisajes en concreto, pero sí uno de rutinas. Las rutinas te mantienen a salvo en según qué días. En tierra le estaba esperando Routf con un cartel que tenía escrito a mano “Reilly, K”, sin más. Se acercó, se saludaron y cogieron un transporte que les dejó directamente en la puerta del restaurante. O, bueno… de aquello.

—Como verás aquí puedes encontrar todas las formas no civilizadas de pasarlo bien, espero que no seas un hombre de gustos refinados.
—Cuando trabajo soy un hombre sin gusto, Routf. No creas que necesito demasiado. He venido a hacer lo que tengo que hacer y a volverme, sin más.
—¿Y qué me dijeras si te contara que tu tarea es sustituirme aquí?
—Me volvería loco de gusto, supongo, y luego me volaría la cabeza. O quizá no en ese orden.
—Bueno, entonces digamos que no es ese tu trabajo, afortunadamente. Puedes ahorrarte un clon.
—Lo sé. Aunque nunca puedes fiarte. No te lo tomes a mal, lo de quedarme aquí, digo.
—No te preocupes, no siento ningún apego por esto.
—El combinado de frutas no está mal.
—No es de frutas.
—Entiendo.
—Tampoco es de otra cosa en concreto, la verdad. Es tan sintético como los de Jita o Amarr, o los de donde tú prefieras. Hasta ese nivel llega el planeta. Tenemos alimentos sintéticos para cubrir las necesidades de la población hasta implosionarlo por sobrepeso. Esa es la idea, al menos.

Después de terminar la cena y salir a la calle encendieron unos cigarros y pasearon. No tenían demasiado que decirse, pero uno tenía ganas de no estar solo y un trabajo que hacer por delante y el otro necesitaba estar con alguien diferente. Así que se pusieron a buscar una conversación decente bajo las baldosas de la acera, pero no la encontraron a la primera, ni a la segunda, y terminaron probando suerte en el fondo de un par de vasos, porque nunca se sabe.

—El clima es estupendo, subtropical en toda la superficie, con pequeñas reservas naturales congeladas en los neocasquetes polares. Agua, mayormente, aunque como fueron post terraformación la verdad es que tienen más de obra de variedades para un turista medio que de museo de historia.
—Lamento oír eso. O no. La verdad es que por un lado me parece terrible que los procesos de acondicionamiento planetario se hicieran de un modo tan radical, pero por el otro… me da un poco igual. No soy mucho de lamentar lo que no conocí ni voy a conocer jamás.
—Ya, yo pienso de modo parecido. No tiene sentido lamentar lo que no tiene remedio. Los arqueólogos locales se trajeron un mamut o algo semejante de alguna otra parte y se inventaron, espoleados por el gobierno y la cámara de turismo, una especie de fauna local que ahora se expone en los recintos de entrada a las visitas guiadas a los polos. Pura filfa que encima no sirve de mucho, a ver quién va a querer venir por placer. En cualquier caso aquí no vivía nada tan al norte, el planeta ya era jodidamente frío en el ecuador como para encontrar algo vivo más grande o más activo que un guijarro más allá de los trópicos.
—¿Alguna civilización inteligente?
—Una especie de perros de seis patas, dos de ellas parece que salían de sus cuellos y tenían algo así como un pulgar oponible rudimentario y otros tres dedos enfrente.
—Perros.
—No tenían nada que ver con un perro, pero parecían perros.
—¿Biología compatible?
—Dios, eso es un mito. No existe y no lo he visto por ninguna parte. El proceso fue el habitual, extinción masiva de lo que hubiera, terraformación, Nueva Tierra 3596 o lo que toque y repoblación en forma de parques recreacionales y cosas así. Lo demás es pasado.
—¿Quedó algo de… los perros?
—¿De los huim? Un par de decenas de libros que hablan de ellos, algunas representaciones gráficas no muy fiables y poco más. Se metían para dormir en una especie de iglús, que con el calentamiento puedes imaginar a dónde fueron.
—Directos al olvido.
—Directos. No se recuerda lo que no le importa a nadie. Sirve de nombre del planeta y de su especie lo que parece ser una onomatopeya del ruido que hacían constantemente. Ya sabes que lo de Nueva Tierra y el número que sea no dura demasiado, la gente no le coge apego a nombres como ese. La corporación de turno siempre intenta crear algo de sentimiento patrio en sus habitantes, para que la gente esté tranquila sin mucho esfuerzo y permanezca más o menos contenta.
—Ya veo. Es más o menos así siempre.
—Y por todas partes. A veces me pregunto si la humanidad terminará sufriendo por sus propios fantasmas. Todo lo que nos hemos cargado, quiero decir.
—No parece muy probable, si no has dejado nada que pueda golpearte puedes olvidarte de levantar la guardia.

Tres copas después están algo más relajados y se sientan en un reservado. Van dejando de lado lo políticamente correcto. Lo que se habla porque se debe y es inocuo en según qué niveles corporativos.

—¿Qué tal por la civilización entonces, K?
—Depende de a qué te refieras.
—La política y lo demás, ya sabes. El baile.
—El baile no decae, amigo. Unos se levantan y otros, más o menos voluntariamente, toman asiento, pero la música no cesa. No puede cesar nunca. Las corporaciones están ansiosas, se habla de unas nubes de gas en Kehour que parecen prometedoras. Han caído bonus enormes en los que decidieron explorar allí, rodado las cabezas de los que no y miriadas de mineros ya han cogido sus cacharros y se han reunido buscando fortuna en ellas. El gobierno de corporaciones, sin hacerlo oficial por supuesto, parece que financia las bandas de violencia organizada que hacen las veces de policía y de delincuente, y oprimen más o menos aleatoriamente pero no permiten que la cosa se desmadre demasiado.
—Ah… mineros con pasta… menudo filón. Supongo que las corporaciones habrán mandado a sus reclamos para tender redes.
—Supones perfectamente.
—Y que lo que extraen los mineros lo malvenden, y el dinero exiguo que consiguen termina en las mismas manos que se quedan con el gas.
—Siempre hay naves que comprar, láseres mineros que reponer, putas que pagar. Todo se gasta. Nada que añadir. Una vez más la historia de siempre. Mano de obra autónoma, barata, y de necesidades corrientes. Ya conoces el dicho, del cerdo se aprovecha todo.
—Ya veo. La humanidad no aprenderá nunca.
—Oh, lo hace. Lo que sucede es que los que aprenden mueren, y por otra parte no dejan de nacer más y más ignorantes todo el tiempo. Viene de serie. La ignorancia, quiero decir.
—Bueno, algunos aprendemos y no morimos.
—Nada de eso, amigo. Las bolsas de gas no son la única forma de llamar a la zanahoria de cada uno. Busques lo que busques, siempre estás encaminado. El dinero es un símbolo de riqueza, y las formas de apropiarse de él son raíles que se montaron hace mucho.
—No estoy de acuerdo en absoluto. El dinero es símbolo de pobreza. De hecho el dinero sólo puede sobrevivir en medio de la pobreza. En un ambiente pobre o mal repartido, en el que no hay recursos suficientes para todos, el dinero es la única forma que se les ha ocurrido a algunos de hacer una distribución de los bienes básicos. Y extensivamente de los no tan básicos, claro. En una cultura en la que los recursos son suficientes y se distribuyen adecuadamente el dinero es una estupidez, y desaparece.
—No creo que eso se haya probado en ninguna parte, por un lado, y cuidado, por el otro.
—No te preocupes, K. Este pequeño aparatito, esta cajita plateada que guardo en el bolsillo asegura que nada de lo que digo pueda ser grabado en un radio de cinco metros.
—Nada es tan seguro, Routf.
—No, no lo es. Pero siempre hay que estar seguro de algo, de otro modo no eres capaz de moverte. Como estoy seguro, por cierto, de un par de experimentos… que no prosperaron demasiado, desafortunadamente. Uno en Druma, por ejemplo.
—¿El planeta cráter?
—No siempre lo fue. El otro en Nueva Fe Cristiana.
—Venga ya, Nueva Fe lleva años siendo radiactivo. Déjame recordar… ¿no hubo algún problema con la central de fusión, que desbordó el encapsulado magnético e hizo estallar un polvorín cargado de… antiguos torpedos nucleares?
—¿No te parece un poco retorcido? ¿Un poco demasiado? Dos preguntas, ¿cuántos misiles de ese tipo quedan en alguna parte, y a cuántos reactores centrales de fusión has visto romper el blindaje magnético? Ninguno, para ambas. K, ambos fueron accidentes intencionados. De cuando en cuando sucede, un mundo nuevo rico en recursos, colonos que quieren organizar las cosas de otra manera, el dinero que termina desapareciendo por falta de uso… o quizá un mundo no tan nuevo que mira la comida sintética un día y se pregunta si lo demás no podría ser también gratuito y universal, ya sabes, la vivienda, la sanidad, el paquete completo… y entonces algo pasa. Siempre algo fortuito que de algún modo termina borrando todo resto de lo que hubo allí antes.
—Todo no, de otro modo no sabrías lo que me cuentas.
—Siempre queda algo en alguna parte. Quizá sólo un tipo que sobrevivió porque estaba en otra parte y por algún motivo… no del todo legal… no aparece en los registros. No existe en realidad, pero sí lo hace, y quizá hable. Y hay un grupo de gente que… intenta reunir los cabos sueltos.
—Sigo diciendo que deberías tener cuidado. Sabes que existe la libertad de opinión, pero sólo dentro de las permitidas —termina la frase con una carcajada.
—Lo tengo en cuenta —guiñando un ojo y sonriendo de vuelta—. ¿Otra copa?
—Otras dos, y caminarás menos.

Elimina la resaca nada más levantarse segregando algo de “chillout” en su sistema nervioso, se ducha con calma sin pensar en nada, se viste y paga la cuenta del hotel con el registro numérico de la corporación. “Madre mía”, piensa, “otros 36 saltos antes de llegar a casa, ¿qué coño voy a hacer para aguantar tanto aburrimiento?”. La recepcionista de la noche anterior no era ni la mitad de guapa que la que tiene ahora delante, y sus tetas… bueno, sus tetas eran enormes, pero las que tiene enfrente le causan visibles esfuerzos a su propietaria mientras intenta manipular el teclado sobre la mesa. Tarde o temprano la mutación local terminará en brazos más largos y arqueados, lo que puede ser interesante por más de un motivo. Quizá pueda descongelar a alguien en el trayecto, no está mal visto en la corp, es incluso ligeramente fomentado, pero sus experiencias en ese sentido no han sido muy placenteras en el pasado, piensa. Se acuerda de aquella chica de Kas Daz, un par de años atrás… e intenta olvidar de nuevo y rápido. Siempre hubiera podido congelarla otra vez y descongelar otra, pero llegados a cierto punto ella no parecía estar muy dispuesta, así que pasó el viaje con una matraca de gritos constante en su cabeza. Cuando la entregó en destino estuvo a punto de tener que informar de un pequeño desperfecto en el cargo, y si el viaje sólo hubiera durado cuatro o cinco saltos más… hubiera tenido que hacerlo casi con total seguridad.

Mira al cielo y se despide. Otro planeta más en mitad de nada, otro conjunto de soledades más o menos tranquilas. Hordas de mineros se dirigen a las nubes de gas de Kehour, pero no son suficientes. Al menos le dio esa pista. Tenía que haber sabido interpretarla correctamente. Él no sabía a dónde iría el cargo que había estado reclutando el mes anterior ni debía saberlo, eso debería haberle hecho sacar ciertas conclusiones, definitivamente. Reclutando con medias verdades, y de forma extremadamente eficaz por lo que había podido ver en los informes. Promesas de una vida mejor para los que la querían, soluciones de salvación para condenados por diferentes delitos. Cultura civilizada para los que la deseaban y los pináculos de la droga y el sexo para los hedonistas, se dieran el nombre que se dieran aquí. Medias verdades para llenar la nave y ocupar la mano de obra necesaria para que alguien se hiciera mucho mas rico en alguna parte. Huim no era más que uno de tantos criaderos. Gente viva, gente muerta, gente atrapada por sus propios anhelos. Como en cualquier parte. Corderos pastoreados por lobos.

No podía sentirse culpable. Él había tenido su opción, y no la vio. Coge un transporte que le deja en la puerta del ascensor orbital, en el que estará pegado al suelo durante todo el trayecto, aplastado por el abrazo de la gravedad que no quiere dejarle largarse sin sufrir un poquito, de recuerdo. Los colchones antigravitatorios no son para este mundo. Demasiado caros y complejos de mantener.

El nuevo, su único cargo en el viaje de ida, viajaría en el siguiente descendente.

Y Routf, bueno, debía llevar ya dos o tres horas en la cápsula criogénica a esas alturas. Solidificado en pseudohielo con cara de idiota, o de asombro, o de miedo, o cualquiera que hubiera pasado por su cabeza en el último segundo de comprensión. Le interrogarían de un modo objetivo. Eso habría comprendido. Demasiado tarde.

Eso, ese segundo, era algo por lo que Reilly no pasaría jamás. No otra vez.