la verdad

El problema de la verdad es que a nadie le preocupa demasiado, cuestión de errar en los parámetros.

Si bien es cierto que con la pérdida de fuelle de las religiones como brújula de la sociedad se empieza a hablar de relativismo (dejando de lado que la religión es una postura más que se puede adoptar, claro, no un referente objetivo de nada, así que en realidad los que claman por el nacimiento del “relativismo” son aquellos que lloran por su postura dejando de ser la predominante) y el ser humano entró en el camino de poder elegir cuál iba a ser su singladura, también es cierto que había que encontrar el nuevo referente. El egoísmo, frente a los demás, se vende con dificultad, así que había que disfrazarlo de algo más bonito. De la verdad, por ejemplo. Así se pueden vender recortes como si fuera el único modo de superar una crisis, como si no hubiera ninguno más y como si lo mejor del ser humano fuera elegir qué miembro se amputa en vez de salvar el organismo entero. Te inventas una situación límite y la utilizas para justificar los desbarres de tu egoísmo.

A nadie le preocupa la verdad, porque los parámetros que deberían servirnos de pilotos para saber si andamos en la dirección correcta o no son ruínes, no se da un análisis de todas las variables para encontrar la más adecuada en función de lo justo, lo honesto y lo viable. Y es que la verdad, a menudo, no coincide con nuestros intereses, porque nuestros intereses son miopes. Son mezquinos. Si fuéramos capaces de mirar el cuadro al completo y prescindir de nuestras pequeñas miserias, podríamos defender lo que es justo en vez de lo que nos beneficia.

Mientras la humanidad se complica en sus pequeñas luchas dejamos de lado todo aquello que podríamos estar haciendo si realmente fuéramos capaces de pensar en más tarde, en lo mejor, en lo que nos hará la vida más fácil y más completa a todos. Pero el mezquino presupone que todo el mundo lo es, y la negociación se convierte en una estrategia defensiva en la que tomar antes que tomen, en la que conquistar el territorio antes de que nos lo quiten. Gente con miedo a perder sus cosas negocia con gente con miedo a perder sus cosas, y al final todo se convierte en un ejercicio de suma cero cuando no tiene por qué ser así.

Cuando todo el mundo tenga su sustento, en sentido amplio, asegurado, desaparecerá parcialmente ese juego de miserias. Supongo que habrá gente egoísta que intentará hacer acopio de poder, pero al menos no podrá utilizar lo más básico como arnés con el que manipular a todos los demás. Mientras tanto aquí seguimos, perdiendo el tiempo.

Es un espectáculo tristísimo.

dentadas

No había nada.

—¿No había nada? —dijo el tipo mierda.
—Nada.

Qué curioso, pensaron, había cosas que decir que cabían en cualquier parte y, sin embargo, no se decían jamás. Esas eran las que menos sentido tenían de todas las que se podían decir. Olas, entierros, manuales de instrucciones, todos tanteando a ciegas el anverso de las páginas, pensando fuerte en no pensar en el reverso. Eso era otro lugar común en el que evitar encontrarse de momento.

—Yeah, así es.
—No tengo más preguntas. Tampoco había ninguna realmente.
—No has hecho ninguna.

La tarde, la ensoñación, el camino a ninguna parte de no tener ninguna parte a la que te apetezca ir. El destino como ese lugar por el que no debes preocuparte porque es un lugar de tránsito. El tipo mierda estaba bastante cansado de seguir mirando.

—Estoy muy cansado de mirarte. No tengo por qué hacerlo.
—No tienes por qué hacerlo en absoluto, pero lo haces. A mí me pone nervioso.
—Es por si te escapas.
—Bueno, tus ojos tampoco son muy capaces de detenerme si lo hago.
—Ya, pero es algo. Es mejor que no hacer nada.
—Bien. Entonces bien. Creo que es tu destino.
—Es probable —dijo el tipo mierda—, no se debe bromear con el destino.
—En realidad da igual, si realmente lo es no habrá nada que le impida alcanzarte. Si no lo es da igual.

La pereza como falta de intereses. El relajarse mirando la pared mientra la pared nos mira tranquilamente.

—He pasado tanto tiempo aquí que no sé que hago.
—Vivir. Es lo único que puedes hacer todo el rato.

Cosas pequeñas, que caben en cualquier parte, pero que son como una invocación. Las dices y, de repente, no puedes desdecirlas y, aunque lo hagas, han abierto una puerta profunda en la que todas las pupilas, horrorizadas, se clavan y beben significado observando que todo ha cambiado de una vez y para siempre.

—Ha pasado antes.
—No debería dejar de pasar nunca. Es horrible no verlo.

mémoires

Qué puto loco, decía

1.

Por el fin
del sendero
no había fin
ni sendero
ni ojos
ni días
y un tipo de azul
decía
adiós, imbéciles, adiós
con vuestras penas.

2.

Fue tan desagradable que lloré mierda.
Así, sin más.
Me iba apestando la nariz entretanto.
Qué puto asco.

3.

La noche se acabó antes
de que pudiéramos darnos cuenta.
Qué loco, decía, qué puto loco
el poeta
, decía.
Siempre intentando escalar una cuerda,
destrabar el nudo gordiano o el
que fuera.

Qué puto loquísimo, tía, iba
diciendo el tipo
mientras su estupidez
le abría todas las puertas
y sonreía al foso.

Estábamos condenados
a entenderle.

4.

La sombra del bastión de oro,
la mierda loca bruta puesta
en medio de ninguna parte.

Eres lo que escuchas, una y
otra vez oyendo
estupideces como esa.

La memoria del agua, la memoria
de la memoria, la memoria de las manos
en la guitarra, la memoria de los ojos.

Eres lo que escuchas.
Madre mía.